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jueves, 19 de marzo de 2020

La lección que deja la pandemia La salud pública

Desde Madrid, el veterano dirigente de Izquierda Unida Julio Anguita, tuiteó: “Recuerden esto cada vez que les digan ´la sanidad privada es más barata´. El coronavirus está poniendo en evidencia lo que ya sabíamos, que la sanidad privada es parasitaria de la pública. Empresas multimillonarias cuyo modelo de negocio depende de derivar pacientes graves a la pública y de desentenderse cuando pasa algo como esto”. Un enfermero del Hospital Central de Madrid --donde el equipo de gobierno está siendo testeado después de la ministra de Igualdad, Irene Montero, diera positivo, y su pareja, Pablo Iglesias, bridara con el rey--, informaba en un canal de televisión, ayer, que la situación dentro de los hospitales es caótica. Falta de todo. Desde insumos hasta personal. Falta planificación y dirección. Contratan personal médico temporario pero no hay partidas presupuestarias para contratar más personal de limpieza en esos hospitales colapsados.
Desde Nueva York, la cantante y compositora Isabel de Sebastián posteaba esta semana: “Estoy en el país económicamente más poderoso del mundo, pero gran parte de la población no va al médico porque el seguro es carísimo e igualmente pagas una fortuna deducible antes de que el sistema comience a pagar algo. No hay salud pública salvo para gente indigente y jubilados. Trump le sacó los fondos a las organizaciones encargadas de este tipo de catástrofes hace meses, están desfinanciadas y hacen lo que pueden. A cargo de la crisis está Pence, culpable de muertes en los tiempos de la epidemia del VIH por haber votado contra la financiación del test. El gobierno dice que hay kits de análisis, pero las noticias muestran a médicos de hospital diciendo que no los tienen. Los médicos a domicilio aquí no existen, y desde hace unos días los hospitales te piden que no vayas si tenés fiebre o tos”.
Ayer el New York Times reafirmó la falta generalizada de kits de prueba de coronavirus en Estados Unidos. El día anterior el New Yorker publicó en su tapa una caricatura de Trump con el barbijo puesto pero en los ojos. Ahora Trump deberá conseguirse un kit, ya que un funcionario de Bolsonaro con el que se reunió hace poco dio positivo.
La distopía nos venía corriendo. Mordiéndonos los talones. Los medios opinan y opinan y opinan. Opinan los entrevistados y los entrevistadores. Hay que llenar el tiempo al aire y hay conteos de infectados, indicaciones contradictorias (¿Es obligatorio u opcional hacer cuarentena después de un viaje? ¿El barbijo protege o fragiliza?), alertas cada cinco minutos y noticias de todo el mundo. La más estremecedora llega de Italia, donde también la salud pública sufrió en los últimos años uno de esos recortes que tanto le gustan al FMI. Fueron una de sus pruebas de “confianza”. No alcanzan los respiradores, y los paramédicos deben elegir a quién salvar, y optan por los jóvenes. La distopía ya nos alcanzó.
El Italia no se tomaron las medidas a tiempo, no existió ni por asomo la decisión china de aislar una ciudad entera cuando hubo quinientos casos, sin perder ni un día desde que sospecharon, pese a desconocer todavía el origen del virus, que se trataba de un fenómeno de alto poder de contagio. Corea del Norte al día siguiente también cerró su frontera con China. Todavía no reporta ni un caso. La inexistencia de medidas masivas y de reflejos rápidos que mostró China se hizo esperar en Europa. Quizá se les haya ocurrido. Pero no tienen con qué. La peste nos está mostrando que los Estados fuertes y la salud pública tienen poderosas razones para existir en beneficio de toda la población, porque este virus tiene dos tipos de seres más vulnerables que otros: los ancianos con enfermedades preexistentes a veces sencillamente por la edad, y los viajeros. ¿A qué guionista se le hubiera ocurrido?
Probablemente gracias a la fuerte decisión de un Estado como el chino, allí la infección se amesetó y comenzó a bajar rápidamente, mientras su traslado a países de Estados debilitados por el neoliberalismo encontró escenarios fértiles para la propagación. Occidente tiene además sus medios, que hacen difícil discernir hasta dónde llega la pandemia y hasta dónde el pánico y la especulación. De este modo, observamos cómo el sistema cuya degradación siempre hemos denunciado por su elitismo y su crueldad, se adapta perfectamente a la muerte en todas sus formas. Las muertes por desnutrición, por falta de atención médica, por depresión y ahora por su fragilidad financiera cuando el que debe actuar es el Estado, incapaz de gestos drásticos después de décadas de recortes. Hace tres meses en este país no había ni ministerio de Salud. No hay que olvidarlo ni un minuto cuando comience la cizaña.
Este desastre vuelve a mostrar la mala entraña capitalista en su peor faceta. Deberían repartir por la calle el alcohol en gel que ya no se consigue en las farmacias de ninguna parte. Nos hay aprovisionamientos de alimentos coordinados para las poblaciones en cuarentena, no hay distribución de agua potable ni barbijos ni, como en Estados Unidos, kits de prueba al alcance de cualquiera que tenga los síntomas. ¿Es concebible una situación más lacerante que la de un país cuyos hospitales en lugar de recibir a los enfermos les piden que no vayan, sabiendo que se trata de gente que no tendrá ningún tipo de atención médica? Se llama abandono de persona, y lo están haciendo Estados que nunca reconocieron el valor universal de lo público y hace décadas que se dedican a alimentar la salud prepaga.
Una vez más, este caos que nos mantiene en estado de excepción permanente --ese estado que según Giorgio Agamben es el que buscan los Estados autoritarios de las nuevas derechas--, nos confirma que los Estados nacionales, cuando fueron creados, trajeron paz después de siglos de guerras ininterrumpidas porque por primera vez el diezmo que antes se le pagaba al conde, al duque o al rey se convirtieron en impuestos para ver nacer, poco después, la salud y la educación públicas. Hace medio siglo que el neoliberalismo intenta desmentir esa verdad que hoy se traduce en torpezas y vacío de protección. Hace medio siglo que rechazamos el desmantelamiento de lo que llegado el momento, como ahora, es lo único que nos puede dar cierta seguridad.
Esos países que fueron desfinanciando sus sistemas sanitarios, humillando a sus médicos, despreciando a los enfermeros, echando a sus científicos para que trabajen en la esfera privada, hoy son los más vulnerables del mundo. Tal vez esta pandemia, cuyas derivaciones son todavía imprevisibles, genere pérdidas económicas tan grandes que llame a algunos a la reflexión. Quizá no desde un punto de vista humanista y solidario, sino desde lo único que entienden, que es cuánto ganan.

Cuando esto amaine habrá que repensar el Estado sin los arteros mitos neoliberales que han engordado sus discursos miles de veces. Parafraseando al cura del siglo XIX Henri De la Cordiere, que dijo que “entre el fuerte y el débil, la ley es la que protege y la libertad es la que oprime”, hoy podríamos decir que entre el sano y el enfermo, el Estado es el que protege y la medicina privada es la que se desentiende. Esta tragedia global debe dejarnos al menos una lección: la resignificación de lo estatal.
Desde Madrid, el veterano dirigente de Izquierda Unida Julio Anguita, tuiteó: “Recuerden esto cada vez que les digan ´la sanidad privada es más barata´. El coronavirus está poniendo en evidencia lo que ya sabíamos, que la sanidad privada es parasitaria de la pública. Empresas multimillonarias cuyo modelo de negocio depende de derivar pacientes graves a la pública y de desentenderse cuando pasa algo como esto”. Un enfermero del Hospital Central de Madrid --donde el equipo de gobierno está siendo testeado después de la ministra de Igualdad, Irene Montero, diera positivo, y su pareja, Pablo Iglesias, bridara con el rey--, informaba en un canal de televisión, ayer, que la situación dentro de los hospitales es caótica. Falta de todo. Desde insumos hasta personal. Falta planificación y dirección. Contratan personal médico temporario pero no hay partidas presupuestarias para contratar más personal de limpieza en esos hospitales colapsados.
Desde Nueva York, la cantante y compositora Isabel de Sebastián posteaba esta semana: “Estoy en el país económicamente más poderoso del mundo, pero gran parte de la población no va al médico porque el seguro es carísimo e igualmente pagas una fortuna deducible antes de que el sistema comience a pagar algo. No hay salud pública salvo para gente indigente y jubilados. Trump le sacó los fondos a las organizaciones encargadas de este tipo de catástrofes hace meses, están desfinanciadas y hacen lo que pueden. A cargo de la crisis está Pence, culpable de muertes en los tiempos de la epidemia del VIH por haber votado contra la financiación del test. El gobierno dice que hay kits de análisis, pero las noticias muestran a médicos de hospital diciendo que no los tienen. Los médicos a domicilio aquí no existen, y desde hace unos días los hospitales te piden que no vayas si tenés fiebre o tos”.
Ayer el New York Times reafirmó la falta generalizada de kits de prueba de coronavirus en Estados Unidos. El día anterior el New Yorker publicó en su tapa una caricatura de Trump con el barbijo puesto pero en los ojos. Ahora Trump deberá conseguirse un kit, ya que un funcionario de Bolsonaro con el que se reunió hace poco dio positivo.
La distopía nos venía corriendo. Mordiéndonos los talones. Los medios opinan y opinan y opinan. Opinan los entrevistados y los entrevistadores. Hay que llenar el tiempo al aire y hay conteos de infectados, indicaciones contradictorias (¿Es obligatorio u opcional hacer cuarentena después de un viaje? ¿El barbijo protege o fragiliza?), alertas cada cinco minutos y noticias de todo el mundo. La más estremecedora llega de Italia, donde también la salud pública sufrió en los últimos años uno de esos recortes que tanto le gustan al FMI. Fueron una de sus pruebas de “confianza”. No alcanzan los respiradores, y los paramédicos deben elegir a quién salvar, y optan por los jóvenes. La distopía ya nos alcanzó.
El Italia no se tomaron las medidas a tiempo, no existió ni por asomo la decisión china de aislar una ciudad entera cuando hubo quinientos casos, sin perder ni un día desde que sospecharon, pese a desconocer todavía el origen del virus, que se trataba de un fenómeno de alto poder de contagio. Corea del Norte al día siguiente también cerró su frontera con China. Todavía no reporta ni un caso. La inexistencia de medidas masivas y de reflejos rápidos que mostró China se hizo esperar en Europa. Quizá se les haya ocurrido. Pero no tienen con qué. La peste nos está mostrando que los Estados fuertes y la salud pública tienen poderosas razones para existir en beneficio de toda la población, porque este virus tiene dos tipos de seres más vulnerables que otros: los ancianos con enfermedades preexistentes a veces sencillamente por la edad, y los viajeros. ¿A qué guionista se le hubiera ocurrido?
Probablemente gracias a la fuerte decisión de un Estado como el chino, allí la infección se amesetó y comenzó a bajar rápidamente, mientras su traslado a países de Estados debilitados por el neoliberalismo encontró escenarios fértiles para la propagación. Occidente tiene además sus medios, que hacen difícil discernir hasta dónde llega la pandemia y hasta dónde el pánico y la especulación. De este modo, observamos cómo el sistema cuya degradación siempre hemos denunciado por su elitismo y su crueldad, se adapta perfectamente a la muerte en todas sus formas. Las muertes por desnutrición, por falta de atención médica, por depresión y ahora por su fragilidad financiera cuando el que debe actuar es el Estado, incapaz de gestos drásticos después de décadas de recortes. Hace tres meses en este país no había ni ministerio de Salud. No hay que olvidarlo ni un minuto cuando comience la cizaña.
Este desastre vuelve a mostrar la mala entraña capitalista en su peor faceta. Deberían repartir por la calle el alcohol en gel que ya no se consigue en las farmacias de ninguna parte. Nos hay aprovisionamientos de alimentos coordinados para las poblaciones en cuarentena, no hay distribución de agua potable ni barbijos ni, como en Estados Unidos, kits de prueba al alcance de cualquiera que tenga los síntomas. ¿Es concebible una situación más lacerante que la de un país cuyos hospitales en lugar de recibir a los enfermos les piden que no vayan, sabiendo que se trata de gente que no tendrá ningún tipo de atención médica? Se llama abandono de persona, y lo están haciendo Estados que nunca reconocieron el valor universal de lo público y hace décadas que se dedican a alimentar la salud prepaga.
Una vez más, este caos que nos mantiene en estado de excepción permanente --ese estado que según Giorgio Agamben es el que buscan los Estados autoritarios de las nuevas derechas--, nos confirma que los Estados nacionales, cuando fueron creados, trajeron paz después de siglos de guerras ininterrumpidas porque por primera vez el diezmo que antes se le pagaba al conde, al duque o al rey se convirtieron en impuestos para ver nacer, poco después, la salud y la educación públicas. Hace medio siglo que el neoliberalismo intenta desmentir esa verdad que hoy se traduce en torpezas y vacío de protección. Hace medio siglo que rechazamos el desmantelamiento de lo que llegado el momento, como ahora, es lo único que nos puede dar cierta seguridad.
Esos países que fueron desfinanciando sus sistemas sanitarios, humillando a sus médicos, despreciando a los enfermeros, echando a sus científicos para que trabajen en la esfera privada, hoy son los más vulnerables del mundo. Tal vez esta pandemia, cuyas derivaciones son todavía imprevisibles, genere pérdidas económicas tan grandes que llame a algunos a la reflexión. Quizá no desde un punto de vista humanista y solidario, sino desde lo único que entienden, que es cuánto ganan.

Cuando esto amaine habrá que repensar el Estado sin los arteros mitos neoliberales que han engordado sus discursos miles de veces. Parafraseando al cura del siglo XIX Henri De la Cordiere, que dijo que “entre el fuerte y el débil, la ley es la que protege y la libertad es la que oprime”, hoy podríamos decir que entre el sano y el enfermo, el Estado es el que protege y la medicina privada es la que se desentiende. Esta tragedia global debe dejarnos al menos una lección: la resignificación de lo estatal. Sandra Russo

jueves, 18 de agosto de 2016

Furores plebeyos, temores elitistas

Se quiere presentar muchas veces la declaración de la Independencia como fruto de unión y consenso. Para Fradkin, por el contrario, la independencia proclamada por una revolución amenazada fue producto de conflictos políticos y sociales.
 Por Raúl O. Fradkin *

Convendría estar prevenidos: la ritualidad conmemorativa y los anodinos discursos de ocasión buscan domesticar la memoria colectiva. Algunos quieren hacernos creer que la declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica –no olvidemos que eso fue lo proclamado en 1816– habría sido fruto de la unión y el consenso y no el producto de intensos conflictos políticos y sociales.
Hacia 1816 la revolución rioplatense afrontaba múltiples dilemas y amenazas. El Congreso reunido en Tucumán tenía que resolver cómo continuar la guerra y asegurar la independencia que había proclamado, mientras enfrentaba a los Pueblos Libres que, liderados por José Gervasio Artigas, ofrecía una dirección alternativa a la revolución. Pero también tenía que resolver un acuciante problema: ¿qué hacer con la generalizada crisis de autoridad y la activación política de amplios sectores sociales?
Conviene, entonces, prestarle atención a los temores que se suscitaban en las elites y leer desde esa clave el manifiesto que el Congreso emitió el 1º de agosto: “el estado revolucionario no puede ser el estado permanente de la sociedad” proclamaba y se atrevía a anunciar una nueva era: “Fin a la revolución, principio al orden”. Constituirse en la única autoridad suprema era su prioridad; por eso, la independencia debía poner fin a la revolución.
Entre integrantes de los grupos elitistas que emigraron a Río de Janeiro tras haber sido desplazados del poder en Buenos Aires o Montevideo había preocupaciones análogas. Sin embargo intentaban resolverlas mediante otra opción política: llegar a un acuerdo con el rey repuesto en el trono y propiciar que la Corona portuguesa emprendiera una invasión “pacificadora” del Río de la Plata. Los motivos los expresó con claridad Nicolás de Herrera en un extenso memorial: la revolución había dividido “a los blancos” y ambos bandos cometieron el error de acostumbrar “al Indio, al Negro, al Mulato a maltratar a sus Amos y Patronos” para enfrentar a sus oponentes; pero habían escapado a su control y “el odio del populacho y la canalla” se desplegaba contra todos los “superiores”. Había algo más: los criollos cometieron la “imprudencia” de difundir “las doctrinas pestilentes de los Filósofos” y sus “quimeras” y el resultado no podía ser más peligroso: “El dogma de la igualdad agita a la multitud contra todo gobierno, y ha establecido una guerra entre el Pobre y el Rico, el amo, y el Señor, el que manda y el que obedece.”
Estos temores iluminan lo que estaba en juego: los sectores populares movilizados por la revolución no eran simplemente espectadores de lo que estaba sucediendo y tampoco eran fácilmente manipulables o mera carne de cañón para la guerra como tantas veces se ha dicho. Por el contrario, se apropiaron del discurso revolucionario, le dieron otros sentidos y lo esgrimieron para legitimar sus reclamos y aspiraciones. Ese era el mayor dilema de la dirigencia revolucionaria: sin ellos no podían ganar la guerra pero temían que esa movilización amenazara el orden social.
La crisis de la independencia resulta, entonces, un momento particularmente rico si se entiende sólo a las ideas y proyectos de los líderes. La historiografía reciente se ha ocupado de indagar las que podían anidar en las clases populares y las evidencias revelan un universo extremadamente variopinto. Por lo pronto, que el inicial antagonismo entre “españoles europeos” y “españoles americanos” se transformó rápidamente en una confrontación que incluyó entre los “americanos” a los “naturales”, a las plebes y a las castas y gestó una nueva identidad colectiva de neto contenido político.
Los efectos fueron múltiples pero conviene subrayar uno: la “insolencia”, “altanería”, “insubordinación” y “desobediencia” de los sujetos populares, para decirlo con el lenguaje de las elites. Esas actitudes expresaban la intensa politización de la vida popular, el resquebrajamiento de la deferencia y cómo la “igualdad” –un componente central del discurso revolucionario– se convirtió en herramienta de impugnación de las jerarquías heredadas.
Artigas, otro protagonista.
Las evidencias son diversas, fragmentarias y dispersas: se encuentran en los insultos, en la frecuente desobediencia de las tropas, en los gritos de los tumultos o en el hostigamiento callejero. “Ahora gobernamos los negros a los blancos” podían decirles los guardias a un oficial español prisionero expresando más un deseo que una realidad; pero esas actitudes son las que hacían creíbles algunos rumores que circulaban entre “negros” y “mulatos”: había llegado el momento de “matar a todos los españoles” y que no eran muy distintos de los sentimientos que incentivaban los pasquines que aparecían.
Pero, en cada lugar, las disputas políticas adquirieron perfiles y contenidos diferentes de acuerdo a las tensiones sociales y raciales que en cada una imperaban y que la crisis revolucionaria había politizado. Claramente, lo expresaban, por ejemplo, las denuncias de las autoridades de Corrientes: los indios y campesinos sublevados ya no distinguían entre “europeos” y “patricios” y como estaba sucediendo en todo el litoral sus acciones amenazaban a los grupos propietarios y en ocasiones “a todos los blancos”.
De esas tensiones y sentimientos dio cuenta el Reglamento para el fomento de la ganadería y redistribución de las tierras que emitió Artigas en 1815: las tierras a distribuir serían las que pertenecían a “los malos europeos y peores americanos”; los beneficiados deberían ser “los más infelices”, es decir, “los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres.”
Lo que estaba sucediendo en el litoral rioplatense sería incomprensible sin considerar el protagonismo indígena y, en particular, la alianza de los pueblos misioneros con Artigas. Por eso, en el área misionera el antagonismo entre “americanos” y “europeos” y entre federales y centralistas se transformó en una confrontación social e inter-étnica creando las condiciones para que se produjera una revolución muy diferente que amenazaba con “pasar a Cuchillo a todo Blanco”. Esa insurrección no solo expandió la influencia de Artigas por todo el litoral sino que significó una revolución en el gobierno de los pueblos y dio lugar al intento de reconstruir la antigua provincia jesuita, pero sin jesuitas ni dependencia de España, Portugal, Asunción o Buenos Aires y bajo la conducción indígena.
Hubo, entonces, otras revoluciones posibles, deseadas o imaginadas, muy distintas y más radicales de aquella que el Congreso quería dar por finalizada. Fueron revoluciones derrotadas, en buena medida por las condiciones que impuso la invasión portuguesa y el apoyo que obtuvo entre sectores elitistas o el aprovechamiento que hicieron de ella. Contra esa invasión se libró otra guerra de independencia que la recortada memoria histórica argentina suele olvidar. Pero ni la derrota ni la frustración de esas aspiraciones populares justifica olvidarlas. Y a la hora de conmemorar el Bicentenario convendría retomar una enseñanza del maestro Alfredo Zitarrosa; “hay olvidos que queman y memorias que engrandecen”.
* Profesor Titular de Historia de América Colonia, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto Ravignani, UBA-Conicet

domingo, 17 de agosto de 2014

La Economía y el dinero Fiat (crisis financiera)

Españistán, de la Burbuja Inmobiliaria a la Crisis (por Aleix Saló)

Entrevista BBC - Confesiones de un especulador - Subtitulado

Charly Garcia — Jose Mercado 1980

Jose Mercado compra todo importado
TV a colores, sindrome de Miami.
Alfombras Persas, muñequitas de goma,
Olor a Francia y los digitales.
Hering - Chanel - Discoshow
Jose Mercado para ahorrar el pasaje
Se fue en un charter del Gurú Maharaj - jj
Volvio con cosas para la oficina
Y ni noticias de la luz divina
Pan Am - Hong Kong - Disneyworld
Pide rebaja antes de ver el prospecto
Viaja a Marruecos pero no le hace efecto.
Jose es licenciado en Economía,
Pasa la vida comprando porquerias.
Yo también. 
Taiwan, Visa, D.G.I.



Crisis en España

Otro jueves negro en el Wall Street
Journal,
desde el veintinueve la bolsa no hace
crack,
cierra la oficina crece el desvarío,
los peces se amotinan contra
el dueño del rio.

En el vencidinario a la hora del rosario
ni carne ni pescao,
dame otra pastilla de Apocalipsis now
mientras se apolilla el libro rojo de
Mao.

crisis en el ego,
todos al talego,
crisis en el adoquin.

Crisis de valores,
funeral sin flores,
dólares de calcetín.

Crisis en la escuela,
quien no corre vuelva,
sexo, drogas, rock and roll.

crisis en los huesos
fotos de sucesos,
cotos de caza menor.

Dan ganas de nada mirando lo que
hay:
ayuno y vacas flacas de Tánger a
Bombay.
Siglo XXI, desesperación,
este año los reyes magos dejan
carbón.

Y la gorda soñado que le aborda el
crucero
un fiero somalí.
A ritmo de cangrejo avanza el porvenir.

Crisis en el cielo,
crisis en el suelo,
crisis en la catedral.

Crisis en la cama,
cada sueño un drama,
un euro es un dineral.

Crisis en la luna,
la diosa fortuna
debe un año de alquiler.

Crisis con ladillas,
manchas amarillas,
pánico del día después.

Crisis en la moda,
firma y no me jodas,
esta no es nuestra canción.

Guerra de intereses,
vuelvo haciendo eses,
ábreme por compasión.

Putas de rebajas,
reyes sin baraja,
inmundo mundo mundial.

Sábado sin noche,
méxico sin coches,
libro sin punto final.

Cómete los mocos,
no te vuelvas loco,
múdate a Nueva Orleans.

Gripe postmoderna,
rabo entre las piernas,
Clark Kent ya no es superman.

Mierda y disimulo,
crisis por el culo
del zulo a tu nariz.

Crisis, crisis, crisis…
Fuente: musica.com

Joaquín Sabina

La crisis política europea

El movimiento obrero europeo ya no es un protagonista político con un camino alternativo, y las corrientes socialistas –más allá del esfuerzo por filiar partidos que sólo en su iconografía remiten a la izquierda– se han vuelto imposibles de distinguir del liberalismo tradicional.
 

La crisis del año 1930 no sólo contuvo una catástrofe económica del capitalismo, sino también una larga agonía política. Se había pulverizado el mercado mundial –con el consiguiente derrumbe del comercio internacional– y nuevas fuerzas sociales todavía intentaban ser la respuesta a la brutal novedad histórica. 
El movimiento obrero europeo –socialistas y comunistas– pergeñó un camino propio: dirimir las diferencias en su interior, al tiempo que enfrentaba la nueva respuesta ultra conservadora de Europa: el fascismo. Debemos admitir que ambos fracasaron, y que su fracaso definió la suerte de la revolución y del socialismo europeos.  
Las corrientes más retrógradas –Mussolini, Hitler y Franco– aplastaron a los trabajadores, la “sociedad civil” recobró la lógica de la manada, y estos reaccionarios canallescos fueron derrotadas a su vez por un nuevo poder hegemónico: el capital estadounidense globalizado, con el auxilio material del Ejército soviético. Stalin, que había comenzado la guerra del lado de Hitler, con quien se reparte Polonia, la termina del lado de Churchill y Roosevelt. No era un escándalo pequeño, y sin embargo casi pasó desapercibido. En todo caso, ningún análisis histórico intentó explicar tan curioso viraje. En una guerra tan fuertemente ideologizada, el comportamiento de la dirección rusa no atendió –en momento alguno– otro interés que no fuera el propio. Sólo en la medida en que ese interés coincidía con alguna perspectiva mas amplia, ese horizonte se abría paso. De lo contrario no. 
No fue el único escándalo “intelectual”. El país que tenía la fuerza armada de menor valía operativa (capacidad de imponerse por la calidad de sus combatientes en el enfrentamiento) terminó venciendo. Y al hacerlo impuso la nueva ecuación económica de la modernidad militar: gana el contendiente que supera la capacidad de destruir armamento de su antagonista. En el momento en que la curva de producción de barcos de los EE UU superó la posibilidad destructiva de la Alemania nazi, –como oportunamente señalara Albert Speer, ministro de armamento alemán, a Adolf Hitler– la guerra estaba resuelta. 
Dicho de un tirón: la productividad social del trabajo, el tiempo promedio con que una sociedad produce sus bienes comparado con el mismo promedio de otra – trasladada al plano militar– terminaría por sustituir la calidad moral y política de los combatientes. La guerra entre Estados nacionales, en el mercado mundial, no dejaba de ser la continuación de la lucha económica en un plano específico. 
Bien visto, el enfrentamiento entre la Unión Soviética y los Estados Unidos se dirimió igual. En el momento en que la capacidad de generar excedentes de la economía soviética fue arrollada por la estadounidense, la producción de armamento ruso encontró su techo. Y el proyecto de guerra de las galaxias –sistema de cohetería satelital impulsado por el presidente Reagan– dejaba a la dirigencia soviética a merced del poderío de los EE UU. Por eso, el sistema soviético implosionó. Es decir, no pudo soportar la presión estadounidense y se tuvo que rendir incondicionalmente. De esa rendición surgió este orden, pero la crisis se lo devora sin vuelta atrás.
La victoria política y económica del capitalismo impuso el nuevo curso, y la nueva crisis terminó resultando su expresión más genuina. Esta vez, a diferencia de 1930, si bien abre un nuevo curso político, no contiene ningún intento de camino propio para las víctimas del capital. 
El movimiento obrero europeo ya no es un protagonista político con un camino alternativo, y las corrientes socialistas –más allá del esfuerzo nominalista por filiar partidos que sólo en su iconografía remiten a la izquierda–  se han vuelto imposibles de distinguir del liberalismo tradicional. Los acuerdos entre los populares y los socialistas españoles, para mentar un caso suficientemente representativo, prueban hasta la extenuación este aserto. Dicho con sencillez: la profundidad y la extensión de la derrota popular a escala planetaria no tienen parangón, ya que ninguna de las soluciones barajadas hasta ahora se propone otra cosa que restaurar el capitalismo global. 
¿Se terminó la historia, como Francis Fukuyama explicara a fines de los ’80? ¿Se repetirán las crisis sin más? 
El presidente de los EE UU, Barak Obama, sostuvo al asumir que la crisis librada a su propia suerte puede volverse crónica. No lo dijo exactamente así, pero puede inteligirse en esa dirección –sin forzar su afirmación– desde el momento en que, para ponerle algún coto, fue preciso utilizar el poder del Estado desde una perspectiva muy poco ortodoxa. Y esa es la paradoja: para salvar a los bancos fue preciso nacionalizarlos. Técnicamente, la posibilidad de expropiar las palancas de comando del capitalismo global se ha vuelto una necesidad estructural del sistema. Ahora bien, en el caso de los bancos esta “expropiación” terminó siendo circunstancial. Y en el caso de las empresas productivas, no se ha intentado y no existe –al menos por ahora– ninguna intención de llevarla a cabo. Realizaron una nacionalización reversible, y finalizado el primer gran coletazo de la crisis, los viejos propietarios terminaron recobrando su antiguo lugar. La debilidad de los sectores populares, como factor político, limita la farmacopea y sobre todo impide, al menos en lo inmediato, una respuesta menos conservadora. 
Ahora bien, el costo de semejante solución ya comienza a entreverse. Las fuerzas políticas europeas han sufrido una larga mutación previa. Es cierto que los partidos de la derecha más retrógrada no vencieron, en un sentido convencional, electoralmente. Pero modificaron la hegemonía discursiva y la orientación política. Una idea cada vez más xenófoba y localista, más al estilo Jean Marie Le Pen, menos europea, se terminó imponiendo. La discusión sobre el uso del chador burka, anticipó todas las demás. Prohibir su uso a las mujeres mahometanas no sólo no supone “integrar” a los diferentes, sino tiende a estigmatizarlos definitivamente, en una Europa donde musulmán y enemigo terminaron siendo casi intercambiables. 
El progresivo debilitamiento político de la Unión Europea es de larga data. No en vano la constitución europea integra el reino de las sombras. El 12 de enero de 2005, el Parlamento aprobó por abrumadora mayoría el nuevo orden constitucional. En algunos países, la decisión final fue sometida a referéndum. En España, con muy baja participación ciudadana –con una abstención superior al 55%– fue aprobado. En Francia y en Holanda, donde la abstención fue apenas del 31 y 37%, fue rechazada. En España el tema no importaba, y en Francia y Holanda, donde sí importaba, la sociedad le dio la espalda. Entonces, tras una complejísima ingeniería jurídica la propuesta constitucional terminó siendo aprobada –sin ratificación popular– pero careció de todo calor popular. Una respuesta casi administrativa resolvió el principal problema político de la UE. El complejo mosaico de estructuras nacionales no sólo no abrió paso a un orden superior, sino que terminó siendo yugulado por poderosas tendencias al localismo extremo. Las consecuencias políticas de semejante tendencia general, no podían ser más relevantes. ¿Si Europa no puede tener una Constitución común, como podría tener una identidad política compartida? Más aun, de dónde saldrían los instrumentos para enfrentar la peor crisis, si bajo la “normalidad” no superaron el techo del recurso nacional. Por tanto, el principal ingrediente de la crisis financiera de Europa, sigue siendo político. O encaran la crisis de consuno, o avanzan hacia la irrelevancia histórica: la finlandización de Europa.
 Alejandro Horowicz

La distribución de la riqueza y el salario

Una transferencia regresiva de recursos entre las clasesPublicado el 3 de Abril de 2011 El congelamiento de haberes los primeros meses del proceso y una fuerte inflación modificaron drásticamente el reparto de los ingresos. En los ’90 el desempleo llevó al 50% de la gente a la pobreza.
 
El salario real ha llegado a niveles excesivamente altos en relación a la productividad de la economía”, sostenía el ministro José Martínez de Hoz al momento de asumir sus funciones en 1976, resumiendo en una frase lo que sería la propuesta y el sentido de su plan económico en relación a los salarios. El congelamiento y control de los salarios nominales redujo la participación de los mismos en el ingreso nacional desde el 45% de 1974 al 26% en 1983. De igual modo, el aumento del desempleo fue uno de los motivos que generó mayores consecuencias regresivas en la distribución del ingreso. Durante los ’90, el 20% de la población de mayores ingresos incrementó un 3,2% su participación a costa de todo el resto.
En el período comprendido entre 1976 y 2001, la Argentina experimentó fuertes cambios en la distribución de la riqueza. Las políticas erráticas del neoliberalismo explican este aumento de la desigualdad. La trayectoria, sin embargo, no fue lineal. Entre mediados de los ’70 y principios de los ’80 la desigualdad se incrementó fuertemente. Durante los ’80, a pesar de la tendencia hiperinflacionaria, la distribución del ingreso se mantuvo estable. Pero ya, a finales de esa década y hasta la crisis de 2001, los niveles de desigualdad se incrementaron notablemente.
La estrategia en la distribución intersectorial del ingreso consistió en transferirlo desde las actividades urbanas e industriales a las agropecuarias, a través de una progresiva reducción de las retenciones a las exportaciones. En realidad, esa transferencia se dio desde bienes transables internacionalmente, como manufacturas y bienes primarios diversos, sujetos a la apertura de la economía y la sobreevaluación cambiaria característica de ambos procesos, a bienes no transables, como los servicios, sin competencia del exterior en el mercado interno.
El brazo ejecutor de estas políticas fueron las dos medidas más emblemáticas de cada etapa: la “tablita cambiaria” y la Convertibilidad. La tablita, pensada para contener una inflación que entre 1975 y 1976 registraba un promedio del 566%, era esencialmente un sistema de devaluaciones prenunciadas para los empresarios para que estos supieran cómo y cuándo se iba a devaluar. Consistía en ajustes de la paridad muy por debajo del aumento de los precios internos y, consecuentemente, una sobreevaluación del tipo de cambio con serias consecuencias para la producción y el empleo, pero funcionales a la especulación financiera y la fuga de capitales.
En el mismo sentido, la Convertibilidad, también pensada para resolver el endémico problema inflacionario que hasta entonces tenía la Argentina, estableció un tipo de cambio fijo que restringía cualquier manipulación de política monetaria, en la medida en que la masa de dinero circulante debía estar respaldada por su equivalente en dólares en el Banco Central.
En consecuencia, el encarecimiento de la producción local y los costos laborales internos fueron progresivamente desmantelando el mercado de trabajo y llegó, en la crisis de 2001, a registrar un 25% de desocupación, casi un 50% de pobres y una brecha entre los sectores de más y menos recursos sin precedentes hasta entonces. <

Una revolución a toda máquina

El hardware abierto es el resultado de un diseño abierto, similar al software libre, como resultado de un trabajo colaborativo. Para el investigador Michel Bauwens es el camino hacia un nuevo socialismo.
                 
 Por Mariano Blejman
Se puede construir un auto de manera similar a como se diseña el software libre. ¿Cómo? El software libre funciona con un sistema comunitario: los desarrolladores crean programas, los someten a prueba y, una vez aprobados por la comunidad, son liberados para usarse sin restricciones. Pensando en ese modelo, la empresa estadounidense Local Motors crea autos de una manera similar: cualquier diseñador puede subir los planos a la web de la empresa (www.local-motors.com), la comunidad opina y vota sobre los diseños subidos, y luego se pasa a la construcción de los autos. Cada plano subido a la página de Local Motors queda registrado bajo una licencia Creative Commons: es decir, los planos pueden ser reutilizados por cualquier otro usuario, y también modificados por un tercero. El auto se “imprime” en la más cercana de las microfábricas asociadas a Local Motors, sin piezas sobrantes, sin basura, de manera sustentable. La persona que creó el auto pasa a buscarlo por la fábrica, se lo lleva andando y con el logo de la empresa, junto a la firma del autor. El resultado es un auto cocreado entre Local Motors y un usuario final, que se lleva el auto y comparte su diseño con la comunidad. Si a otro usuario le interesa tomar ese auto, hacerle pequeñas modificaciones e “imprimirlo” en otra de las microfábricas de Estados Unidos, podrá hacerlo libremente, aunque tendrá que pagar el costo del auto, claro.
Este es apenas uno de los miles de proyectos que recolecta Michel Bauwens, creador de The Foundation for Peer-to-Peer Alternatives (algo así como la Fundación para las Alternativas Par-a-Par), que no sólo piensa en la idea de hardware abierto como en un modelo de negocios diferente para el mercado capitalista, sino que cree fervientemente que pensar en proyectos de hardware libre puede ser un camino acelerado hacia un nuevo tipo de socialismo. “Para contar ideas revolucionarias hay que vestirse de traje y corbata”, dice Bauwens a Página/12, en una larga conversación, que incluirá un repaso sobre los mejores proyectos de software y hardware abierto, una cita al evangelismo católico, y una discusión sobre la hegemonía del poder de Antonio Gramsci en relación con el hardware abierto, poco antes de dar su charla en la Flacso, el jueves pasado. Para Bauwens, el hardware abierto podría generar una nueva infraestructura de poder y de circulación de información, y, por tanto, de poder de decisión. Bauwens toma como estandarte la frase de Buckminster Fuller: “Nunca se cambian las cosas luchando contra la realidad existente. Para cambiar algo, hay que construir un nuevo modelo que haga obsoleto al modelo existente”.
Para definirlo mejor, el hardware abierto es el resultado de un diseño abierto, similar al código abierto, como resultado de un trabajo colaborativo. Luego de recorrer el directorio de Open Hardware que administra la Fundación, el ejemplo de Local Motors es apenas un ítem más en la marea de ejemplos que buscan deshacerse del copyright como concepto. En la página de p2pFoundation.net se pueden recorrer cientos de trabajos abiertos: empresas de hardware abierto como Open Fourniture, Adafruit industries o North By South, proyectos de open CPU (que incluyen desarrollos de microchips, motherboards, etc.), desarrollos de audio o el proyecto Zero Dollar Laptop. Dentro del listado está Android, el software para teléfonos inteligentes de Google, que en estas últimas semanas pasó a ser el primer sistema operativo de teléfonos en Estados Unidos, venciendo finalmente al verticalismo cerrado de iPhone. Pero no es el único proyecto de software libre para teléfonos en esa lista, además de Maemo y Open Moko, también está el proyecto Ucasterisk, que propone no sólo que los teléfonos tengan software libre sino también diseños de hardware abierto.
El primer gran artículo sobre hardware abierto lo escribió Chris Anderson en la revista Wired en febrero pasado cuando sentenció “La próxima revolución industrial: los bits serán los nuevos átomos”. De hecho, el propio Anderson dirige un proyecto DIY Drone’s, dedicado a la robótica y a la creación de vehículos aéreos. “El concepto de hardware abierto es todavía más nuevo y radical que el de software abierto. Pero en 20 años será más fácil de entender”, le dijo Anderson en setiembre a este cronista. Sin embargo, es claro que Lawrence Lessig, creador de las licencias abiertas de Creative Commons (cuya cumbre de capítulos latinoamericanos se desarrolló esta semana en Buenos Aires, gracias a Ariel Vercelli) fue quien, de algún modo, creó el soporte para que los usuarios pudiesen encontrar una forma de licenciar los proyectos que no fuera cerrada, como el clásico copyright.
Bauwens cree que tanto Anderson como Lessig ven al nacimiento del hardware abierto como una nueva gran idea para el mercado actual, aunque Bauwens pretende ir más allá: el investigador entiende que “aquí hay una oportunidad histórica para construir otro tipo de sociedad”. Bauwens, investigador de la Universidad de Amsterdam, residente durante un buen tiempo en Bangkok, Tailandia, está convencido de que si las sociedades pudiesen crear una nueva estructura abierta, donde las ideas fueran comunitarias, pero también los métodos de producción (desde la materia prima hasta las conexiones a Internet), un nuevo tipo de sistema socialista podría emerger de las ruinas del capitalismo. “Los católicos no lucharon contra los romanos directamente, sino que se dedicaron a construir una estructura de poder independiente. Cuando el Imperio Romano se desmembró, el catolicismo se erigió como un nuevo sistema de poder con instituciones independientes”, le dijo a Página/12, con aire evangelizador. Para Bauwens, entonces, de las ruinas del capitalismo surgirá una nueva estructura de producción y circulación de la información, que será libre, abierta y distribuida.

Yira yiraTango 1930 Música: Enrique Santos DiscepoloLetra: Enrique Santos Discepolo

Cuando la suerte qu' es grela,
fayando y fayando
te largue parao;
cuando estés bien en la vía,
sin rumbo, desesperao;
cuando no tengas ni fe,
ni yerba de ayer
secándose al sol;
cuando rajés los tamangos
buscando ese mango
que te haga morfar...
la indiferencia del mundo
-que es sordo y es mudo-
recién sentirás.

Verás que todo el mentira,
verás que nada es amor,
que al mundo nada le importa...
¡Yira!... ¡Yira!...
Aunque te quiebre la vida,
aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor.

Cuando estén secas las pilas
de todos los timbres
que vos apretás,
buscando un pecho fraterno
para morir abrazao...
Cuando te dejen tirao
después de cinchar
lo mismo que a mí.
Cuando manyés que a tu lado
se prueban la ropa
que vas a dejar...
Te acordarás de este otario
que un día, cansado,
¡se puso a ladrar!