El movimiento obrero europeo ya no es
un protagonista político con un camino alternativo, y las corrientes
socialistas –más allá del esfuerzo por filiar partidos que sólo en su
iconografía remiten a la izquierda– se han vuelto imposibles de
distinguir del liberalismo tradicional.
La
crisis del año 1930 no sólo contuvo una catástrofe económica del
capitalismo, sino también una larga agonía política. Se había
pulverizado el mercado mundial –con el consiguiente derrumbe del
comercio internacional– y nuevas fuerzas sociales todavía intentaban ser
la respuesta a la brutal novedad histórica.
El
movimiento obrero europeo –socialistas y comunistas– pergeñó un camino
propio: dirimir las diferencias en su interior, al tiempo que enfrentaba
la nueva respuesta ultra conservadora de Europa: el fascismo. Debemos
admitir que ambos fracasaron, y que su fracaso definió la suerte de la
revolución y del socialismo europeos.
Las
corrientes más retrógradas –Mussolini, Hitler y Franco– aplastaron a
los trabajadores, la “sociedad civil” recobró la lógica de la manada, y
estos reaccionarios canallescos fueron derrotadas a su vez por un nuevo
poder hegemónico: el capital estadounidense globalizado, con el auxilio
material del Ejército soviético. Stalin, que había comenzado la guerra
del lado de Hitler, con quien se reparte Polonia, la termina del lado de
Churchill y Roosevelt. No era un escándalo pequeño, y sin embargo casi
pasó desapercibido. En todo caso, ningún análisis histórico intentó
explicar tan curioso viraje. En una guerra tan fuertemente ideologizada,
el comportamiento de la dirección rusa no atendió –en momento alguno–
otro interés que no fuera el propio. Sólo en la medida en que ese
interés coincidía con alguna perspectiva mas amplia, ese horizonte se
abría paso. De lo contrario no.
No
fue el único escándalo “intelectual”. El país que tenía la fuerza
armada de menor valía operativa (capacidad de imponerse por la calidad
de sus combatientes en el enfrentamiento) terminó venciendo. Y al
hacerlo impuso la nueva ecuación económica de la modernidad militar:
gana el contendiente que supera la capacidad de destruir armamento de su
antagonista. En el momento en que la curva de producción de barcos de
los EE UU superó la posibilidad destructiva de la Alemania nazi, –como
oportunamente señalara Albert Speer, ministro de armamento alemán, a
Adolf Hitler– la guerra estaba resuelta.
Dicho
de un tirón: la productividad social del trabajo, el tiempo promedio
con que una sociedad produce sus bienes comparado con el mismo promedio
de otra – trasladada al plano militar– terminaría por sustituir la
calidad moral y política de los combatientes. La guerra entre Estados
nacionales, en el mercado mundial, no dejaba de ser la continuación de
la lucha económica en un plano específico.
Bien
visto, el enfrentamiento entre la Unión Soviética y los Estados Unidos
se dirimió igual. En el momento en que la capacidad de generar
excedentes de la economía soviética fue arrollada por la estadounidense,
la producción de armamento ruso encontró su techo. Y el proyecto de
guerra de las galaxias –sistema de cohetería satelital impulsado por el
presidente Reagan– dejaba a la dirigencia soviética a merced del poderío
de los EE UU. Por eso, el sistema soviético implosionó. Es decir, no
pudo soportar la presión estadounidense y se tuvo que rendir
incondicionalmente. De esa rendición surgió este orden, pero la crisis
se lo devora sin vuelta atrás.
La
victoria política y económica del capitalismo impuso el nuevo curso, y
la nueva crisis terminó resultando su expresión más genuina. Esta vez, a
diferencia de 1930, si bien abre un nuevo curso político, no contiene
ningún intento de camino propio para las víctimas del capital.
El
movimiento obrero europeo ya no es un protagonista político con un
camino alternativo, y las corrientes socialistas –más allá del esfuerzo
nominalista por filiar partidos que sólo en su iconografía remiten a la
izquierda– se han vuelto imposibles de distinguir del liberalismo
tradicional. Los acuerdos entre los populares y los socialistas
españoles, para mentar un caso suficientemente representativo, prueban
hasta la extenuación este aserto. Dicho con sencillez: la profundidad y
la extensión de la derrota popular a escala planetaria no tienen
parangón, ya que ninguna de las soluciones barajadas hasta ahora se
propone otra cosa que restaurar el capitalismo global.
¿Se terminó la historia, como Francis Fukuyama explicara a fines de los ’80? ¿Se repetirán las crisis sin más?
El
presidente de los EE UU, Barak Obama, sostuvo al asumir que la crisis
librada a su propia suerte puede volverse crónica. No lo dijo
exactamente así, pero puede inteligirse en esa dirección –sin forzar su
afirmación– desde el momento en que, para ponerle algún coto, fue
preciso utilizar el poder del Estado desde una perspectiva muy poco
ortodoxa. Y esa es la paradoja: para salvar a los bancos fue preciso
nacionalizarlos. Técnicamente, la posibilidad de expropiar las palancas
de comando del capitalismo global se ha vuelto una necesidad estructural
del sistema. Ahora bien, en el caso de los bancos esta “expropiación”
terminó siendo circunstancial. Y en el caso de las empresas productivas,
no se ha intentado y no existe –al menos por ahora– ninguna intención
de llevarla a cabo. Realizaron una nacionalización reversible, y
finalizado el primer gran coletazo de la crisis, los viejos propietarios
terminaron recobrando su antiguo lugar. La debilidad de los sectores
populares, como factor político, limita la farmacopea y sobre todo
impide, al menos en lo inmediato, una respuesta menos conservadora.
Ahora
bien, el costo de semejante solución ya comienza a entreverse. Las
fuerzas políticas europeas han sufrido una larga mutación previa. Es
cierto que los partidos de la derecha más retrógrada no vencieron, en un
sentido convencional, electoralmente. Pero modificaron la hegemonía
discursiva y la orientación política. Una idea cada vez más xenófoba y
localista, más al estilo Jean Marie Le Pen, menos europea, se terminó
imponiendo. La discusión sobre el uso del chador burka, anticipó todas
las demás. Prohibir su uso a las mujeres mahometanas no sólo no supone
“integrar” a los diferentes, sino tiende a estigmatizarlos
definitivamente, en una Europa donde musulmán y enemigo terminaron
siendo casi intercambiables.
El
progresivo debilitamiento político de la Unión Europea es de larga data.
No en vano la constitución europea integra el reino de las sombras. El
12 de enero de 2005, el Parlamento aprobó por abrumadora mayoría el
nuevo orden constitucional. En algunos países, la decisión final fue
sometida a referéndum. En España, con muy baja participación ciudadana
–con una abstención superior al 55%– fue aprobado. En Francia y en
Holanda, donde la abstención fue apenas del 31 y 37%, fue rechazada. En
España el tema no importaba, y en Francia y Holanda, donde sí importaba,
la sociedad le dio la espalda. Entonces, tras una complejísima
ingeniería jurídica la propuesta constitucional terminó siendo aprobada
–sin ratificación popular– pero careció de todo calor popular. Una
respuesta casi administrativa resolvió el principal problema político de
la UE. El complejo mosaico de estructuras nacionales no sólo no abrió
paso a un orden superior, sino que terminó siendo yugulado por poderosas
tendencias al localismo extremo. Las consecuencias políticas de
semejante tendencia general, no podían ser más relevantes. ¿Si Europa no
puede tener una Constitución común, como podría tener una identidad
política compartida? Más aun, de dónde saldrían los instrumentos para
enfrentar la peor crisis, si bajo la “normalidad” no superaron el techo
del recurso nacional. Por tanto, el principal ingrediente de la crisis
financiera de Europa, sigue siendo político. O encaran la crisis de
consuno, o avanzan hacia la irrelevancia histórica: la finlandización de
Europa.
Alejandro Horowicz
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