Por Manuel Calderon *
La
idea de ahorro, de prudencia en el gasto, y de austeridad es una
reminiscencia de la moral cívica victoriana, de una época en la que se
sermoneaba que la austeridad era la base de la fortuna y de la buena
conducta, una moral que podemos rastrear hasta la Reforma de Lutero, y
que dio pie a que Weber relacionara el surgimiento del capitalismo con
la ética del protestantismo. Más allá de que en los hechos ninguna de
las grandes fortunas europeas de los siglos XVIII y XIX se formó en base
al ahorro y la moral protestante (sino más bien a la especulación, la
usura, las guerras, el colonialismo y el saqueo), la austeridad
constituía una parábola del buen ciudadano, y como lo que era bueno para
una familia debía ser bueno para un Estado (¿o un Estado no es otra
cosa que un conjunto de familias?), la mayoría de los filósofos
políticos de la época desarrollaron en su imaginario una visión del
Estado y del buen gobierno semejante a una austera familia luterana
guiada por un buen padre (...en lo posible pastor).
Uno
de los pocos “intelectuales” que se atrevieron a cuestionar esta idea
fue Bernard de Mandeville, quien con su pintoresca y extraña obra La
fábula de las abejas (subtitulada “Sobre los vicios privados y los
beneficios públicos”) puso furiosos a varios de los más eminentes
moralistas y filósofos políticos del siglo XVIII. Mandeville tuvo la
ocurrencia de argumentar que si todos los buenos padres de familia de
una sociedad fueran devotos de la austeridad y el ahorro, entonces nadie
realizaría el gasto que genera el empleo que permite el ingreso en que
se basa el ahorro. Por lo tanto, una sociedad basada en el precepto de
la frugalidad sería una sociedad condenada al desempleo y la pobreza,
mientras que una sociedad de derrochadores y viciosos del gasto al menos
daría empleo suficiente a sus integrantes.
Más
allá de los padres de familia, las abejas y los vicios, lo que en
realidad se debatía era la forma en que debía organizarse y
administrarse una sociedad y un Estado moderno, es decir, un
ordenamiento basado en las leyes de la Naturaleza y no en las leyes de
Dios. De estas reflexiones y debates surgirían las dos grandes
disciplinas intelectuales propias de la modernidad: la Economía Política
y la Sociología. La primera como gran proyecto de ciencia positiva del
progreso de la humanidad, y la segunda como gran crítica de los
resultados de ese proyecto.
La
idea de la frugalidad como motor del progreso y del padre de familia
como ejemplo del buen gobierno son dos de las tantas ideas que se
filtrarían en el pensamiento económico tradicional y en las políticas
económicas de los ministros de Hacienda, mientras que por mucho tiempo
la incómoda provocación de Mandeville sólo encontraría lugar en las
corrientes marginales del pensamiento económico.
Sería
la catástrofe del ’30 la encargada de resucitarla, y nada menos que de
la mano (o la palabra) de un converso Keynes, quien diría que uno de los
grandes problemas de las sociedades capitalistas es la falta de
inversión, o lo que es casi lo mismo, el exceso de ahorro, más aun en
los momentos en que menos se lo necesita. Si un gobierno ante una crisis
económica optara por comportarse como el precavido padre de familia
ahorrador, lejos de hacer lo correcto, lo que lograría sería profundizar
la debacle. Sin embargo, si un padre de familia pierde ingresos porque
queda desempleado, no parecería correcto que siguiese gastando. Es
decir, aquella vieja idea de que lo que es bueno para una familia debe
ser también bueno para un Estado, pareciera entonces no ser tan buena
idea. Pero esto entonces obliga a plantearse y replantearse cuáles son y
deberían ser las metáforas con las que construir una nueva visión de la
sociedad y de su gobierno
* Profesor de Historia del Pensamiento Económico. Universidad Nacional de La Plata
No hay comentarios:
Publicar un comentario