Thomas
Piketty, profesor de la Ecole d’Economie de Paris, acaba de publicar un
libro importante sobre la desigualdad en la distribución del ingreso.
Le Capital au XXIème Siècle, Ed. Le Seuil, 2013, apareció hace dos
semanas en los Estados Unidos bajo el mismo título, Capital in the
Twenty-First Century, Harvard, University Press, 2014. Paul Krugman
señaló que esta obra cambiaba completamente la forma de abordar el
problema de las desigualdades del ingreso en la teoría económica. La
gran editorial universitaria de los Estados Unidos, que habitualmente
brilla por la circunspección de las carátulas, cedió a la tentación e
inscribió la primera palabra del titulo, “Capital”, en letras rojas y
enormes que recordaban otro libro famoso.
Comencemos,
ante todo, rindiendo homenaje al autor, ya que este libro de más de mil
páginas en la edición francesa, 696 en la versión inglesa, con 160
gráficos y cuadros estadísticos es un libro de consulta, un trabajo
gigantesco de compilación y tratamiento de datos sobre la distribución
del ingreso en las economías de 26 países, de lo que resulta una suma
estadística, una obra monumental antes que un best-seller. Thomas
Piketty es, en la actualidad, el economista francés más prestigioso. Fue
recibido el 15 de abril en la Casa Blanca, por el Council of Economic
Advisers del presidente Barack Obama, y por el secretario del Tesoro de
los Estados Unidos, Jack Lew. Al día siguiente, el autor participó en el
Graduate Center en un debate en Internet (economistsview.type pad.com) y
el sitio Amazon y The New York Times lo ubicaron, el 26 de abril de
2014, en el “top” de las ventas, con 60.000 ejemplares, bastante más que
Games of Thrones.
En
términos teóricos, recordemos que Simon Kuznets, Premio Nobel en 1971,
uno de los padres, a la vez, de la introducción de la estadística en
economía y de las cuentas nacionales, había observado en su libro
Economic Growth and structure, que en los Estados Unidos, y en los
países más industrializados de Europa durante la primera mitad del
siglo, la parte del producto bruto captada por el último decil –el 10
por ciento de la población que gana más– había sensiblemente disminuido a
partir de 1914. Piketty muestra en su libro que a partir de 1980, se
observa un incremento de la parte del ingreso captado por ese sector de
la población y que sobre el siglo que va desde 1914 al 2012, la parte
del ingreso del 10 por ciento que gana más tiene una forma de U, baja
entre 1914 y 1980 y vuelve a aumentar a partir de esa fecha.
En
la primera fase la disminución de la parte del ingreso percibida por el
10 por ciento de los que ganan más no había, sin embargo, modificado un
parámetro esencial: que el ahorro y la inversión eran realizados, como
lo señaló Kuznets, solamente por el 5 por ciento más rico de la
población. Eso hacía que la mejora de la distribución del ingreso, una
disminución del coeficiente de Gini, no impidiera que hubiera una
continuidad en la concentración del patrimonio en el sector más rico de
la sociedad. Piketty muestra en este sentido que después de los años
’80, la parte del ingreso total que obtiene este sector, como así
también el patrimonio, se ha incrementado, gracias a la disminución de
los impuestos directos –vale decir, al ingreso– y a los derechos
sucesorios. Es muy probable que dicha evolución haya sido similar en
Argentina; que la parte del ingreso global obtenido por el 10 por ciento
de los argentinos que ganan más, luego de disminuir durante el gobierno
peronista, haya vuelto a incrementarse después del golpe cívico-militar
de 1976, volviendo así a recuperar varios –quizás una decena– puntos
porcentuales que había perdido durante el gobierno peronista.
La tesis
Piketty
muestra y recuerda a los norteamericanos que los Golden Sixties fueron
los años en los cuales las desigualdades sociales de patrimonio y de
ingresos eran menos importantes que lo que son hoy. Si la parte del
ingreso nacional que recibe el 10 por ciento que gana más bajó a partir
de los años ’30, fue el resultado de la crisis y de las leyes
rooseveltianas sobre los impuestos a la herencia y a las ganancias,
cuando la tasa marginal de este último llegaba al 91 por ciento. Los
editorialistas económicos ortodoxos de Buenos Aires lo considerarían hoy
“confiscatorio”, lo cual conviene recordar es también la narrativa de
la ultraderecha norteamericana, la cual parece gozar de una gran
simpatía en las elites modernas y “democráticas” argentinas. Pero está
bastante claro que en la Argentina si los medios hablan mucho de la
pobreza es porque no desean hablar de la concentración de la riqueza ya
que, obviamente, si hay muchos pobres es porque los ricos lo son
demasiado. Si el libro del iniquity gurú ha tenido ese éxito en los
Estados Unidos es justamente porque los norteamericanos comienzan a
comprender que los homeless no surgen de la nada.
Los
análisis realizados por Piketty y Emmanuel Sáez, profesor de la
Universidad de Berkeley, muestran que las desigualdades no sólo se
manifiestan en los ingresos cada vez más elevados del 10 por ciento que
gana más, pero llegan a niveles escandalosos en el “top 1 por ciento”,
el 1 por ciento formado por directivos de empresas y bancos que ganan
fortunas.
La existencia
de estos ingresos estrafalarios plantea interrogantes importantes a los
economistas que van más allá de los debates emblemáticos sobre la
justicia en una democracia. En primer lugar, surge el interrogante sobre
la vigencia de las instituciones políticas democráticas, ya que éstas
pueden verse alteradas y envilecidas por el dinero y el poder que éste
otorga y así dejen de poseer su rol estabilizador. En segundo lugar, la
concentración de la riqueza limita el crecimiento económico y de los
ingresos, son un freno al crecimiento económico en la medida en que éste
está asociado a una distribución del ingreso que permita la expresión
de una demanda elevada.
La
vulgata liberal justifica la existencia los altos niveles de ingresos
de por lo menos dos maneras: por un lado, sostiene que los sueldos
exorbitantes que se asignan a sí mismos los CEO de las grandes empresas y
de los bancos son una remuneración normal habida cuenta de sus
capacidades para dirigirlos, ya que logran los mejores resultados para
los accionistas. Pero los estudios realizados no permiten ratificar este
aserto y muestran que, muy a menudo, ocurre lo contrario. La crisis
financiera de 2008 lo ha demostrado ampliamente. En segundo lugar, se
sostiene que las altas ganancias de las empresas y las remuneraciones de
los accionistas y de los dirigentes permiten invertir e incrementar la
producción y el empleo y que, en última instancia, favorecen al conjunto
de la sociedad. Esta es la justificación del capitalismo, pero la
historia reciente muestra que tampoco es así. Las tasas de crecimiento
en los países industriales son más bajas en el período post-1980 que
aquéllas de la década de los años 1960, cuando la distribución del
ingreso era menos injusta, lo cual muestra que las performances del
capitalismo tienen poco que ver con las remuneraciones de los dirigentes
y los accionistas o con una distribución muy desigual del ingreso.
La
injusticia social genera ganadores, los que son los favorecidos, y
perdedores, los que la padecen. Las desigualdades siderales en la
distribución del ingreso pueden ser a veces condenadas porque son
moralmente injustificables y es normal que la gente de buena voluntad se
indigne frente a ellas, que generan a menudo situaciones atroces. Sin
embargo, la condena moral de aquellos a quienes esto beneficia no es
suficiente, ya que la teoría económica ortodoxa afirma que la
distribución del ingreso es el resultado del “libre juego de las fuerzas
del mercado” y que ésta es, siempre, la más adecuada y además la única
solución eficiente y óptima, puesto que asegura el pleno empleo de los
factores. Argumento que permite a los editorialistas económicos de los
medios sugerir que las desigualdades son el precio que una parte de la
sociedad (los pobres) debe pagar para asegurar una mayor eficiencia que
favorece al conjunto de la misma.
Keynes
demostró que este postulado es falso, puesto que el equilibrio existía
en múltiples casos en los que hay factores de producción desempleados y
que era más común encontrar los múltiples casos de equilibrios con
desempleo que un equilibrio con pleno empleo. Evidentemente, la
injusticia social no es una condición para la eficacia económica sino
todo lo contrario.
La
tesis de Piketty es que, actualmente, en Estados Unidos y en los países
europeos, en materia de distribución del ingreso, una parte
significativa de los salarios va a los detentores del capital y su
tendencia no sigue, como lo afirma la teoría ortodoxa, la evolución de
la productividad del trabajo.
Existe
una relación evidente, que raramente es enseñada a los alumnos de la
licenciatura en economía, que es bastante simple. Los agentes económicos
que tienen los mayores ingresos poseen además los patrimonios más
importantes. Piketty muestra en su libro que la concentración de los
ingresos en estos últimos años está acompañada por una concentración de
los patrimonios.
Si se
analizara el caso argentino con la metodología de Piketty-Sáez, esto
explicaría una parte del estancamiento económico argentino en las
décadas de los ’80 y los ’90. Actualmente, en Argentina, con un PIB de
alrededor de 500 mil millones de dólares y un patrimonio global que
incluye las fábricas, los haberes en dólares, las cuentas corrientes en
Argentina y en el extranjero, joyas, activos financieros, parque
inmobiliario, la tierra, las maquinarias, etc., se puede estimar en 1,5
billones de dólares. Para que el 10 por ciento más rico obtenga el 30
por ciento del PIB, como aparece en la encuesta de hogares, la tasa de
rendimiento del patrimonio tiene que ser del 10 por ciento, lo cual es
una enormidad. Como lo señala Piketty, en los países industriales el
crecimiento del patrimonio del 10 por ciento de los que ganan más es
espectacular, pero no así el crecimiento económico. Vale decir que una
parte significativa de estos ingresos excesivos no son invertidos sino
esterilizados en gastos suntuarios o en bienes no directamente
productivos. El autor sostiene que esto último es una indicación de que
se ha salido de un capitalismo empresarial que produjo el extraordinario
crecimiento económico durante el siglo XX y estamos entrando en una
suerte de capitalismo patrimonial que recuerda aquel del siglo XIX.
La desigualdad
El
incremento de la concentración del ingreso en el 10 por ciento que gana
más y la tendencia a la concentración patrimonial tienen una gran
importancia en la evolución económica, que había sido ya señalada por
Harrod cuando formuló, en 1948, el primer modelo de crecimiento
económico. El modelo, llamado del “filo de la navaja”, debía su nombre a
la inestabilidad provocada por las variaciones de la demanda efectiva
que, como lo explicaba Keynes, tiene que ver con la concentración del
ingreso. Los que ganan más ahorran más y un exceso de ahorro, al que se
le agregan expectativas negativas de la inversión, conduce a la caída de
la demanda. En teoría económica pura, bajo ciertas condiciones e
hipótesis, la evolución económica se puede describir a través de la
igualdad g=r, donde g es la tasa de crecimiento y r la tasa de
crecimiento del capital en el sentido indicado como conjunto del
patrimonio. Piketty sostiene que esta igualdad ya no se verifica, ya que
actualmente g < r, lo cual quiere decir que la tasa de crecimiento
es inferior al incremento del capital, o dicho de otra manera, que el
incremento patrimonial no es utilizado para incrementar la inversión
productiva. Esto es bien conocido en Argentina, donde una parte de las
ganancias del 10 por ciento que gana más se “evapora”, ya que es
expatriada o guardada en dólares, pero no invertida para incrementar el
acerbo del capital productivo. Pero eso es una vieja manía de las clases
poseedoras del patrimonio en este país.
* Ex Consejero Regional de Ile de France (Grupo Socialista).
Doctor en Ciences Económicas de la Universidad de París.
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