Por Cristian J. Caracoche *
Si
bien no existe una definición totalmente aceptada en la comunidad
académica sobre qué es el capitalismo, entre los economistas podemos
encontrar cierto consenso sobre algunos aspectos esenciales que
caracterizan a este modo de producción, tales como el trabajo
asalariado, la primacía del interés privado, la diferenciación de
funciones en el proceso productivo, las relaciones clasistas, la
competencia, la libertad económica, la supremacía del mercado o la
propiedad privada, entre otros.
Desde
los albores del sistema al presente, estos aspectos han sufrido cambios
en sus manifestaciones materiales debido a vaivenes y crisis
recurrentes, que han hecho reacomodar periódicamente su lógica, con la
única finalidad de mantener el funcionamiento del proceso productivo
bajo la órbita capitalista. Es así que cuando el amenazante “fantasma
que recorría Europa” se encontraba en un auge nunca antes visto y el
mundo occidental se hundía en la peor crisis de su historia, de la mano
de Keynes el capitalismo debió modificar aspectos clave como la libre
competencia, la supremacía del mercado y la libertad económica, en pos
de refundar la idea con la cual se concebía económicamente al Estado y
obtener un poco más de oxígeno para continuar funcionando. Situaciones
similares se vivieron en la crisis actual cuando el ex presidente de
Estados Unidos debió pedir perdón a su pueblo por intervenir en la
economía al utilizar la “mano invisible” estatal en el mercado bancario.
Las principales transformaciones del capitalismo, según la historia
escrita, han tenido lugar en respuesta a las crisis periódicas que han
amenazado el corazón del sistema.
Ahora
bien, dichos cambios llevados a la práctica de forma “reactiva”, ¿han
sido los únicos cambios significativos que ha sufrido la lógica
capitalista en sus jóvenes 250 años?
Repasando
la historia, encontramos que desde principios del siglo XX, el
capitalismo potenció su desarrollo de la mano del modelo fordista. Dado
un tipo de trabajo esencialmente físico, la producción en serie y el
consumo masivo, se configuraba un sistema donde se pagaba una
remuneración fija al trabajador a cambio de la libre utilización
productiva de su fuerza laboral durante un tiempo determinado. Esta
lógica desarrollada en la contratación de mano de obra se traducía en
las recordadas palabras de Henri Ford Five dollars a day for an
eight-hour day. Es decir, que una vez “adquirida” la jornada laboral,
esta se transformaba en un costo hundido para el empresario, que debía
explotar al máximo la capacidad de generar valor que tenía el
trabajador; por lo cual el capitalista incurría en un costo cierto, con
la expectativa de un beneficio incierto, ya que, si bien la
productividad media se encontraba comúnmente entre ciertos parámetros,
estos no eran garantía de rendimiento y cualquier falla en el cálculo
del tiempo necesario de trabajo podría generar pérdidas.
Pasada
la mitad del siglo XX, con el avance de la tecnología, la mayor
mecanización de los procesos de trabajo físicos y el aumento de la
importancia del sector servicios en el PBI de la mayoría de naciones
comenzó a darse un vuelco hacia el trabajo intelectual. A la par de este
cambio en la lógica laboral, sobrevino otro cambio en la forma de
contratación, con el “trabajo por objetivos”. A partir de aquí, según la
nueva ola, el trabajo a realizar por el empleado comienza a estar
acordado desde un primer momento, al igual que la remuneración, pero
esta vez se deja como variable libre el tiempo insumido en la tarea, es
decir la extensión de la jornada laboral. De esta forma comienzan a
vislumbrarse nuevas tendencias como el teletrabajo, los incentivos “no
económicos” y las horas extra no remuneradas.
Durante
el siglo XX, la forma de contratación de mano de obra ha cambiado de
una lógica caracterizada con una remuneración y una jornada laboral
predeterminada y beneficios indeterminados, a otra lógica donde la
remuneración y los beneficios están determinados a priori con una
jornada laboral determinada a posteriori, y que por lo general es mayor a
la normal, de 45 horas semanales.
Esta
última modificación en la lógica de contratación desembarcó en la
Argentina de la mano del menemismo, la flexibilización laboral y los
modelos de management importados que llegaron en los ’90, aumentando la
explotación del sector trabajador. En los últimos meses se viene dando
un debate en torno al proyecto de ley que intenta distribuir entre los
trabajadores el 10 por ciento de las ganancias empresariales. De
aprobarse esta iniciativa, en principio, se estaría cambiando nuevamente
la lógica reinante, al pasar a un nuevo modelo donde tanto la
remuneración a los empleados como los beneficios empresariales y la
jornada laboral estarían determinados al finalizar el proceso
productivo.
* Economista UNLZ.
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