- Desarrolle las características modelo de industrialización por sustitución de importaciones; teniendo en cuenta sus características a partir de la década del 40. El rol del Estado, las transformaciones de la estructura social y el rol de las inversiones extranjeras.
- Describa las características esenciales que se le atribuyen al sistema capitalista. ¿Cómo se desarrolla históricamente?
- Quiroga caracteriza al periodo entre la década del 50 y el golpe de 1976 como un periodo de “crisis de hegemonía del conjunto de la clase dominante. Desarrolle los elementos centrales de esta afirmación
- Describa el modelo agro-exportador, tendiendo en cuenta los factores socio económicos que consolidaron su desarrollo, el sistema político en desarrollo y la situación argentina en relación al mercado mundial. Analice la confluencia entre el proceso político del Estado, el sistema económico desarrollado y los sectores sociales destacados.
- ¿Cuál es el tipo de relación que se establece entre la fuerza de trabajo y los medios de producción para la producción de mercancías, en el sistema Capitalista. ¿A que actores sociales da lugar esa configuración y como se relaciona con el concepto de plusvalía?
- Caracterice en sus rasgos centrales el período 1955-1976 en la Argentina tomando en cuenta, los aspectos económicos centrales y las formas que adoptó el sistema político. En la respuesta incorpore el papel del capital extranjero en el proceso de industrialización y el rol del Estado.
- Explique las categorías de trabajo libre, asalariado, y la propiedad privada de los medios de producción, que se establecen en el capitalismo y a partir de éstas, fundamente qué tipo de relaciones entre los individuos determina dicho modo de producción.
- Dice Quiroga "El estado argentino tendrá una función primordial en la configuración de la estructura de clases sociales".Explique la relación del estado y las clases sociales dominantes en el proceso de formación de éste y constitución de la oligarquía. Tenga en cuenta las características del modelo agroexportador.
- El proceso de sustitución de importaciones tuvo varias etapas. Desarrolle brevemente las características de cada una de ellas, puntualizando los sectores que la dinamizaron y las razones de su agotamiento.
- Desde el punto de vista jurídico las relaciones entre el “trabajador libre” y los propietarios de los medios de producción es una relación entre iguales: el trabajador vende al propietario de los medios de producción su fuerza de trabajo y éste la compra por su valor equivalente en dinero. En esta aparente relación entre componentes equivalentes, ¿de donde proviene la ganancia del propietario de los medios de producción?
- Que relación encuentran entre lo económico y lo político en nuestro país en las décadas que se desarrolla el llamado modelo agro exportador? Tenga en cuenta el concepto de hegemonía que desarrolla Quiroga para este periodo.
domingo, 6 de mayo de 2018
Preguntas orientadoras - Rofman-Romero/Quiroga/ Capitalismo
sábado, 14 de abril de 2018
Pobreza, desigualdad y trabajo en el capitalismo global
El análisis de la pobreza y la desigualdad debe ser puesto en el contexto más amplio de las nuevas condiciones globales. El capitalismo actual ha cambiado radicalmente categorías económicas clásicas como el trabajo, hoy considerado un costo variable susceptible de ser ajustado, y el conocimiento, que adquirió más importancia al tiempo que se masificaba. Si el modelo empresarial de posguerra era Ford y el de los 90, Microsoft, el de hoy es Wal-Mart, con sus productos baratos procedentes de China y sus empleos basura. Este nuevo contexto de empresas globales y trabajo flexible es particularmente relevante para América Latina, que si bien goza de una prosperidad inédita debido al auge de las commodities, sigue siendo la región más desigual del planet
Por Gilberto Dupas
Por Gilberto Dupas
Introducción
La desigualdad y la pobreza deben ser analizadas en el marco del orden mundial que las produce. La globalización neoliberal, consolidada desde la posguerra y transformada en una ola avasalladora a partir del colapso del bloque soviético y la expansión de las tecnologías de la información, se ha transformado en el régimen económico hegemónico. Sus consecuencias sociales merecen un examen profundo que abarque la propia lógica capitalista. Ese es el objetivo de este artículo.
La diáspora calvinista hacia el continente americano, a mediados del siglo XVII, hizo florecer el espíritu capitalista hasta transformarlo en un victorioso fenómeno de masas que dio origen a un sistema económico. Ese sistema encontró siempre una de sus condiciones básicas para la supervivencia: un excedente poblacional susceptible de ser contratado a bajo costo. En el siglo XX, especialmente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se inició un ciclo virtuoso de crecimiento económico, basado en el fordismo-taylorismo e impulsado por la inversión y la intervención selectiva del Estado, que incluyó la creación de una amplia red de beneficios sociales. Estas ideas, junto a la noción de que el Estado debía funcionar de un modo contracíclico, estimulando la demanda en momentos de crisis, estaban en la base del pensamiento económico de John Maynard Keynes. La socialdemocracia y el Estado de bienestar eran vistos como las manifestaciones de racionalidad capitalista que conducirían al progreso. Paralelamente, Joseph Schumpeter (1982) añadió la idea de que la evolución tecnológica funciona como el motor de un permanente impulso hacia adelante: según esta teoría, las tecnologías generan un efecto de «destrucción creativa» en la economía capitalista. Cada nueva tecnología adiciona valor y destruye el valor de las anteriores. La acumulación sería la consecuencia de ese proceso destructor-creativo que garantiza el crecimiento constante. En esta dinámica capitalista, la ciencia se encarga de promover un permanente estado de innovación, inutilizando y sustituyendo productos y creando nuevos hábitos de consumo.
Pero ya en la década de 1960 el exitoso desempeño de la posguerra comenzaba a mostrar sus límites. La sobrecapacidad industrial, junto con la creciente competencia de los productos alemanes y japoneses, contribuyó a la crisis de la economía mundial que estalló en los 70. André Gorz (2005) afirmó que esta crisis estructural se explica por diferentes motivos, pero sobre todo por el hecho de que las inversiones en tecnología generaron pérdidas de ganancia al producir un aumento de la capacidad productiva sin contrapartida en la demanda. En otras palabras, la ciencia había cumplido su papel, pero su eficacia había conducido a un callejón sin salida. En este marco, el sector empresarial comenzó a buscar opciones alternativas para sus inversiones, que se orientaron cada vez más al sector financiero, a la expansión del mercado de eurodólares y a satisfacer la demanda de crédito de los países en desarrollo. El resultado fue una disminución de la inversión en producción y la transferencia de recursos al sector financiero, lo cual derivó en tasas de crecimiento reales mediocres y un aumento del desempleo, que a su vez presionó sobre el Estado de bienestar y generó un incremento del gasto público y un desequilibrio en la balanza de pagos, que intentaron subsanarse mediante la emisión de moneda, lo que a su vez produjo brotes inflacionarios y un aumento de la deuda pública. El consenso keynesiano-fordista llegaba a su fin.
Este escenario de crisis dio paso a una nueva estrategia cuyo fundamento ideológico fue el ideario neoliberal. Según esta visión, la raíz de todos los males estaría en el intervencionismo estatal de posguerra y en los excesos del Estado de bienestar. La solución se encontraría en la sustitución del Estado por el mercado como agente organizador. Facilitado por el providencial derrumbe del imperio soviético, el nuevo consenso neoliberal se combinó con el flujo de capitales, cada vez más libres y abundantes, y la reestructuración productiva sobre la base de las nuevas tecnologías. Así se dio forma a la actual etapa de la globalización.
La incorporación de las tecnologías de la información al sistema productivo global generó una economía del conocimiento que redefinió las categorías de trabajo, valor y capital. El trabajo comenzó a incluir un componente de saber cada vez más importante. Pero, al mismo tiempo, la nueva economía comenzó a atribuirle al factor trabajo una importancia directamente relacionada con su costo: a mayor costo, menor importancia. Esto se sumó al incremento de los empleos precarios, pésimamente remunerados, flexibilizados e informales. Los costos de mano de obra comenzaron a ser vistos como variables, lo que implica que el capital solo está dispuesto a pagar estrictamente la cantidad de trabajo que utiliza. En este nuevo contexto, le corresponde al «micro-miniempresario» proveerse de su propio transporte, comida, perfeccionamiento, plan de salud, etc. En suma, una suerte de autoexplotación vía tercerizaciones y cuarterizaciones.
El segundo factor, junto con el trabajo, que sufrió una profunda transformación fue el conocimiento. Paradójicamente, en pleno auge de la economía del conocimiento, este ha ido perdiendo valor. Al multiplicarse casi sin costos en forma de software utilizado de manera ilimitada por máquinas que aplican un patrón universal, el conocimiento, crecientemente masificado, se convirtió en un bien accesible a todos. Para conservar su valor, el conocimiento debería tornarse escaso. Sin embargo, estandarizado y socializado por la tecnología de la información, transformado en mera técnica, se fue depreciando. Un ejemplo es la caída en la remuneración real de varias categorías profesionales, como los operadores de computadoras y los telemarketers.
El conocimiento adquirió otra importancia. La investigación tecnológica de las empresas privadas apunta a que estas consigan un monopolio, aunque sea transitorio, del nuevo conocimiento, de modo tal que les proporcione un rendimiento exclusivo. El marketing y la publicidad crean objetos y servicios del deseo mediante la manipulación de valores simbólicos, estéticos y sociales, dentro del modelo schumpeteriano de «destrucción creativa», que torna obsoletos los productos existentes lo más rápidamente posible. Es el caso de las computadoras, las pantallas de plasma y los celulares, que evolucionan tecnológicamente de manera muy veloz y que al poco tiempo de salir al mercado ya parecen anticuados. Para que el engranaje de la acumulación funcione, en lugar de mayor prosperidad general se genera un proceso de inutilización de productos a escala global, que implica un inmenso desperdicio de materias primas y recursos naturales, al enorme costo de una degradación continua del ambiente y de una creciente escasez de energía. Pero es la opción inexorable por la acumulación de capital, aun en detrimento del bienestar social en sentido amplio.
El problema es que luchar contra ese sistema, que bien o mal mantiene la máquina económica en movimiento, significa atacar los mismos principios del capitalismo en un momento en que ningún otro modelo –ni siquiera bajo la forma de utopía– aparece en el horizonte. Por eso, las disidencias surgen como operaciones de ataque del sistema desde su interior, como los movimientos por el software libre y hasta los hackers, especie de disidentes del capitalismo digital. Pero se trata apenas de ruidos imperceptibles que no interfieren en la melodía global.
La nueva lógica global, la renta y su distribución
Las ideas neoliberales comenzaron a germinar a partir del New Deal de la década de 1930 y alcanzaron su apogeo en los 70. Para Jan Nederveen Pieterse, el neoliberalismo surgió como resultado de la confluencia entre las ideas de la Escuela de Chicago y las políticas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. En una etapa siguiente, el neoliberalismo evolucionó, especialmente en América Latina, hacia el Consenso de Washington. Milton Friedman se convirtió en una de las voces más influyentes con su teoría de que el Estado debe ser fuerte pero limitado: para Friedman (2005), el Estado debe ocuparse de la defensa nacional y la justicia, de mediar en las disputas entre las personas y de garantizar la propiedad privada; para todo lo demás está el mercado.
Pero, más allá de las teorías, fue a partir de la década de 1980 cuando se sistematizó en Estados Unidos el modelo de bajos salarios y bajos impuestos a partir de las condiciones vigentes en el sur del país. Las grandes corporaciones lograron mantener su eficacia transfiriendo actividades industriales hacia las áreas de salario reducido del sur estadounidense, deprimidas por el «efecto México», es decir, por la presión de los inmigrantes, en general clandestinos. Los salarios bajos –en el sur estadounidense, en México o en China– definieron mecanismos de acumulación muy diferentes de aquellos que habían producido el éxito capitalista de EEUU en la posguerra. Era un nuevo modelo, el «modelo del sur», que fue la salida a la crisis de los años 70 y el fundamento de la revolución reaganeana, sobre la base de una serie de reformas que atacaron la protección del trabajo, los derechos civiles, el ambiente y los servicios públicos.
En cada época de la historia del capitalismo, algunas grandes corporaciones se consolidan como prototipos. A mediados del siglo XX fueron Ford y General Motors; hacia finales de siglo fue el turno de Microsoft. Hoy el paradigma es Wal-Mart, ejemplo arquetípico de la nueva condición del trabajo en la lógica global y símbolo de la cultura capitalista del siglo XXI. A diferencia de lo que ocurrió con Ford y General Motors, que ayudaron a construir la clase media norteamericana pagando salarios por encima del promedio y ofreciendo generosos planes de salud y jubilación, un empleado de Wal-Mart en EEUU gana, en promedio, 19.000 dólares anuales, suma próxima a la línea de pobreza. La empresa fue acusada en varias oportunidades de utilizar trabajadores clandestinos para abaratar el costo de sus sucursales. Su importancia es enorme. Con una facturación de casi 300.000 millones de dólares anuales, Wal-Mart atiende a más de 100 millones de clientes por semana. El poder de compra de este inmenso grupo minorista es tan grande que la compañía ya logró reemplazar al fabricante a la hora de definir lo que el consumidor quiere comprar y hasta es capaz de imponer a sus proveedores condiciones muy duras, que en muchos casos solo China puede atender.
Durante el gobierno de Bill Clinton, la Organización Mundial de Comercio (OMC) se había transformado en el esquema fundamental de la lógica neoliberal. La idea central era, y todavía es, que la apertura comercial representa una especie de redención para los países pobres. Es cierto, por supuesto, que una u otra eliminación de barreras agrícolas puede ser importante para varios países de la periferia. Sin embargo, en términos generales es obvio que la apertura beneficia sobre todo a los países más competitivos, aquellos que adicionan más valor a sus exportaciones, es decir a los más ricos. En los años siguientes, George W. Bush le dio un nuevo contenido al capitalismo. Se trata de la combinación, un tanto exótica, de un protestantismo fundamentalista y un militarismo al estilo «sureño», con un abordaje económico que favorece a los commodities básicos, como el algodón y el petróleo, junto a manufacturas high-tech. Uno de los resultados de esas medidas y de los procesos de reducción y optimización del personal (downsizing) desarrollados en los últimos años es la baja moral de los empleados y la creciente desigualdad en la distribución de la renta.
Pero este cambio en la cara del capitalismo no ocurrió solo en el Primer Mundo. En los países en desarrollo, el vacío teórico y la incapacidad de gestión de los Estados nacionales, fenómenos que comenzaron luego de la crisis poskeynesiana, dejaron el terreno libre para los fervorosos defensores del Estado mínimo. La reducción de las dimensiones del aparato estatal fue presentada como fundamental para resolver los problemas de un sector público asfixiado por sus deudas, al tiempo que se promovía la flexibilización del mercado de trabajo como fórmula para reducir el desempleo. Durante las dos últimas décadas del siglo pasado, la retórica neoliberal definió las normas de acción de las economías de gran parte de los países en desarrollo sobre la base de las promesas de avances económicos y sociales. Como regla general, la consecuencia de ese proceso fue, además de controlar la inflación, una sucesión de crisis que, durante los 80 y 90, provocaron un aumento significativo de la exclusión social. Hubo excepciones, como China, la India, Corea del Sur y Chile, pero en términos generales ese fue el resultado.
El efecto social del neoliberalismo fue negativo. Los organismos internacionales de crédito, para justificar los fracasos resultantes de la aplicación de sus políticas, intentan probar que la indigencia (o pobreza extrema) disminuyó como consecuencia de los procesos de liberalización y privatización. Para superar el caos metodológico y estandarizar criterios de medición se creó un nuevo modelo: las personas que viven con menos de un dólar por día son definidas como indigentes y las que lo hacen con menos de dos dólares por día son clasificadas como pobres. Sobre la base de estos nuevos criterios, el Banco Mundial (BM) llegó a conclusiones taxativas: la pobreza en el mundo se habría reducido significativamente entre 1987 y 2001, es decir durante el periodo en que la apertura global se convirtió en regla (2004). El porcentaje de pobres habría caído de 60% a 53%, en tanto que el de los indigentes habría pasado de 28% a 21%. En primer lugar, hay que señalar que los porcentajes, aun si han disminuido, son absolutamente incompatibles con los estándares de civilización y los avances tecnológicos disponibles, especialmente si tenemos en cuenta que hay regiones inmensas, como el sur de Asia y el África subsahariana, con más de 76% de pobres (esta última tiene un 47% de indigentes). Pero además la idea de que se ha registrado una mejora general puede ser engañosa. Esta afirmación, en efecto, solo es válida si se consideran China y la India, dos países que desde hace diez años pasan por una fase notable de crecimiento económico. Sin embargo, es obvio, especialmente en el caso de China, que esta expansión tiene poco que ver con el modelo sugerido por el FMI y el BM. Por el contrario, se trata de una estrategia exitosa a contramano del discurso dominante: China se ha integrado a la lógica global y ha logrado atraer una enorme cantidad de inversiones extranjeras pese al predominio de lo que los organismos internacionales consideran «malas políticas», como una alta protección comercial y el recurso a la piratería, además de instituciones consideradas «precarias» debido a la falta de democracia, la debilidad del Estado de derecho, etc. Pues bien, si se retira a China de la estadística, en el periodo 1981-2004 el porcentaje de indigentes se ha mantenido estable y el de pobres se ha incrementado 33%.
En cuanto a la distribución de la renta, no hay dudas de que ha empeorado. Actualmente, el 1% más rico del mundo obtiene un volumen de renta equivalente al 57% más pobre. La distancia entre el 20% del mundo que vive en países ricos y el 20% que vive en los países más pobres, según estimaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), ha aumentado. Es interesante comprobar que se investiga más la pobreza que la desigualdad. ¿Por qué? Básicamente, porque desde el punto de vista liberal clásico la desigualdad de la renta puede ser aceptable si hay igualdad de oportunidades. Es curioso también que se investigue la renta y no la riqueza. Recordemos que la renta es flujo y la riqueza, stock, que la riqueza se acumula, mientras que la renta solo se puede acumular cuando se ahorra. Dado que los más pobres ahorran menos y que además no suelen beneficiarse de la acumulación de renta obtenida por las operaciones financieras sofisticadas a disposición de los que tienen más dinero, es de suponer que la concentración de la riqueza sea todavía mayor que la concentración de la renta. En ese punto, sin embargo, la oscuridad estadística es total.
Otro aspecto interesante es la evolución de la desigualdad en la distribución de la renta dentro de los países. Tomemos el caso de EEUU. Allí, la renta per cápita del 20% más pobre es menos de un cuarto de la renta media per cápita del país. En Japón, en cambio, es casi la mitad. Entre 1977 y 1990, el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad en la distribución del ingreso, empeoró considerablemente, al tiempo que avanzaba el libre comercio. En el periodo dorado del capitalismo de posguerra, entre 1950 y 1973, un crecimiento medio de 5% garantizaba la disminución de la desigualdad, entre países y dentro de cada uno de ellos. Ese patrón parece haber terminado. De hecho, incluso entre los exponentes del denominado «milagro asiático», como Hong Kong, Malasia y China, la desigualdad se ha incrementado, especialmente en los últimos 15 años.
En América Latina, las políticas neoliberales produjeron un fuerte deterioro de las condiciones sociales, lo que a su vez repercutió en otras variables. Los homicidios, por ejemplo, se incrementaron 40% durante la década de 1990, hasta alcanzar un índice seis veces mayor que el observado en Europa occidental (BM, 2004). Esto convirtió a la región en la segunda con mayor criminalidad del mundo después del África subsahariana. De los cuatro países más violentos del planeta, tres son latinoamericanos: Colombia (líder mundial con 68 homicidios por cada 100.000 habitantes), El Salvador (30 por cada 100.000) y Brasil (27 por cada 100.000, muy cerca de Rusia, con 28). Esto se enmarca en la profundización de la brecha social. La desigualdad en la distribución de la renta en América Latina, la región más inequitativa del mundo, ha avanzado. Las altas tasas de desigualdad no afectan solo a los más pobres sino a toda la sociedad, ya que reducen la posibilidad de ahorro nacional, debilitan el mercado interno y generan efectos perversos sobre la gobernabilidad democrática, el clima de confianza interpersonal y el capital social. En América Latina, la población bajo la línea de pobreza creció de 41% en 1980 (136 millones de personas) a 44% en 2003 (237 millones), lo que implica, en términos absolutos, 100 millones de pobres más.
En este marco general, los Estados nacionales, con presupuestos cada vez más limitados, obligados a garantizar equilibrios fiscales rígidos y con poca capacidad de manejar sus principales instrumentos de política pública, no lograron enfrentar los efectos perversos de la globalización, especialmente el aumento de la exclusión social. Y esto sucedió al mismo tiempo que la revolución en las tecnologías de la información y de la comunicación elevaba incesantemente las aspiraciones de consumo de gran parte de la población, lo cual contribuyó a aumentar las tensiones sociales. En general, América Latina no logró obtener ventajas de la inevitable inserción en la globalización que le permitieran morigerar sus efectos más perversos. En la lógica de la economía global y de la fragmentación de las cadenas productivas, la adición de valor local es la única manera de mantener la renta y el empleo de calidad dentro de las fronteras nacionales. Pero esto, a su vez, depende fuertemente de políticas públicas capaces de inyectar competitividad y desarrollo tecnológico local.
En ausencia de esas condiciones, se incrementó el escepticismo en la posibilidad de ascenso social y mejora de la situación personal y familiar por medio del trabajo, sensación potenciada por la reducción progresiva de la clase media. Dado que la economía no consiguió incluir a amplios sectores en el mercado de consumo, fueron los procesos políticos de final de siglo los que se ocuparon de cobijar a etnias y grupos sociales excluidos por medio de liderazgos carismáticos que renovaron la esperanza de amplios sectores de la sociedad. Las promesas que posibilitaron los triunfos electorales de estas elites políticas emergentes se dirigieron a aquellos sectores históricamente excluidos de los derechos sociales y económicos básicos y alejados de las estructuras del aparato del Estado. Se trata, en otras palabras, de los perdedores de la transformación neoliberal, que ahora aceptan el nuevo estilo anti-establishment y abrazan una ideología ecléctica, que incluye nuevos métodos de redistribución de la renta, aunque en general prevalecen las políticas de corte asistencialista. Evidentemente, este proceso redistributivo verificado en los últimos años en América Latina fue facilitado por el enorme crecimiento del mercado global de commodities que propició, en varios países de la región, una transformación del perfil de la deuda externa, la formación de reservas internacionales y una dinámica de expansión económica. Los principales commodities metálicos (níquel, cobre, aluminio, hierro y zinc) registraron, entre 2001 y 2007, un aumento de su precio de cerca de 200%; los energéticos (gas, petróleo y carbón), de 100%; y los agrícolas (maíz, soja, azúcar y café), de 50%. Con ello, Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador, Perú y Venezuela consiguieron un crecimiento superior a 100% en sus exportaciones entre 2001 y 2005, las reservas internacionales de Argentina, Brasil y Venezuela crecieron cerca de 150%, y en México y Perú se incrementaron 60%. Pero esta nueva realidad, además de provocar un proceso de apreciación de las monedas locales que impacta en la competitividad externa de esos países, no durará para siempre.
La última frontera de la acumulación: el mercado de la pobreza
Según una reciente investigación realizada en 19 países por la consultora americana Right Saad Fellipelli, las profundas alteraciones producidas en las últimas décadas en el mercado de trabajo mundial tienden a reducir el nivel medio de los salarios reales. Esto es así incluso en cargos de dirección intermedios, gerencias superiores y personal especializado de las empresas privadas. Las excepciones son los supersalarios de los CEO y los miembros de la alta administración, que perciben salarios millonarios que incluyen participación en las ganancias y valorizaciones accionarias. En este contexto de caída de la renta media, mantener el nivel de la demanda global depende cada vez más de la enorme masa de renta de los más pobres, que precisan ser convencidos de consumir más y más. El mercado de la pobreza es el nuevo objetivo que el capitalismo global debe perseguir si quiere sostener su tasa de acumulación.
Esto ya se hace sentir claramente en las grandes redes de comercio minorista que buscan atraer a las amplias y crecientes bases de la pirámide social. Los supermercados de descuento están transformando el comercio minorista en todo el mundo. Save-A-Lot, por ejemplo, se convirtió en una de las redes de supermercados más exitosas de EEUU gracias a su capacidad para atraer a los pobres, un mercado que muchos ignoraban. Su objetivo son las familias con una renta media inferior a los 35.000 dólares por año. Así, mientras las cadenas de supermercados tradicionales ofrecen 60 variedades de mostaza, Save-A-Lot vende solo dos, la amarilla y la oscura, de marca propia y un solo tamaño. Con este tipo de estrategias logra mantener los precios bajos y aumentar sus ganancias a razón de 15% al año. La red ya posee 1.300 locales en 39 países. En Alemania, Aldi Group desarrolla la misma estrategia y se ha expandido mucho, a punto tal que ya posee centenas de locales en EEUU. En América Latina ocurre lo mismo: el comercio exitoso es el que llega a los pobres.
En estas circunstancias, el futuro del consumo está en los jóvenes de las clases C, D y E. Un buen ejemplo del consumo de los pobres es Brasil. Con una estructura que combina la mayor concentración de la renta y una de las mayores poblaciones de jóvenes pobres del planeta, Brasil tiene uno de los mayores coeficientes de penetración mundial de teléfonos celulares. El 70% de los 80 millones de jóvenes posee celular. El joven pobre sin celular (aunque sea prepago) se siente todavía más paria, más infeliz, más out-group. Para comprender esto, basta observar la inmensa campaña publicitaria de teléfonos celulares, una de las que más espacio ocupa en los medios globales. Pero no se trata solo de telefonía celular. La percepción de la importancia del mercado de la pobreza se ha extendido en las grandes corporaciones que ofrecen todo tipo de productos. Nestlé, por ejemplo, anunció su intención de reestructurarse para mejorar su llegada a las categorías D y E. «El cliente de renta baja raramente sale a hacer sus compras fuera de la comunidad puesto que no puede gastar en transporte. Por ello necesitamos encontrar la manera de atenderlo en donde vive», señaló el presidente de la empresa en Brasil. Algo similar ocurre con Dupont: «Queremos a los 4.000 millones que están en la base de la pirámide», dijo el presidente de Dupont-América Latina. El famoso consultor empresario Stuart Hart, autor de Capitalism at the Crossroads, afirma que, sin incluir a los miles de millones de pobres que viven con hasta 1.500 dólares por año, no habrá futuro ni para el capitalismo ni para las empresas globales.
Retomando el tema de los celulares, un buen ejemplo de la extensión del capitalismo a los sectores excluidos es la incorporación a las redes de telefonía de los habitantes más indigentes de las regiones africanas. En la árida cima de una montaña africana, conseguir agua en el río puede llevar hasta cuatro horas. La iluminación es con velas y a menudo se cocina con fogatas. Pero Bekowe Skhakhane, de 36 años, fue convencida por la publicidad de que precisa hablar con su marido, que trabaja en una empresa siderúrgica de Johannesburgo, mediante un teléfono celular. Muy pobre, ella gasta 1,9 dólares por mes para comprar cinco minutos de crédito. Al igual que la gran mayoría de los africanos, vive con menos de dos dólares por día. Pero ¿cómo cargar las baterías si no hay electricidad? Existen cargadores que funcionan a pedal de bicicleta, pero ello supone tener una bicicleta, rara propiedad en el África rural. La solución es utilizar las baterías de automóvil que ofrecen individuos que se mueven en ómnibus, a un costo de 80 centavos de dólar por carga de celular. Con estos y otros ejemplos, el capitalismo muestra, una vez más, su inmensa capacidad de adaptación. Y consigue explotar la que tal vez sea su última frontera de acumulación: los más pobres, que comerán cada día peor, pero estarán conectados al mundo en tiempo real.
El trabajo en crisis estructural
El pujante y vencedor capitalismo global tiene su talón de Aquiles en la mala calidad y en la poca cantidad de empleos que genera. El trabajo remunerado fijo, esencial para el involucramiento económico y social del ser humano en la sociedad, está en crisis. Hoy, prácticamente ninguna persona tiene empleo de largo plazo garantizado y el trabajo, cada vez más, se orienta a tareas o proyectos de duración limitada.
Esta nueva situación implica un cambio en relación con la etapa previa, durante la cual los individuos estaban sólidamente enraizados en corporaciones que, a su vez, navegaban en mercados relativamente firmes. En la época dorada del capitalismo de posguerra, cuando las materias primas entraban por una puerta y los automóviles salían por la otra, reinaba una cierta ética social que –sobre todo en Europa, pero también en EEUU– tendía a morigerar la lucha de clases a través de amplios beneficios en educación, salud y jubilación, considerados entonces derechos universales. Desde la década de 1980, sin embargo, las corporaciones y sus inversores, en el contexto de la nueva economía globalizada, comenzaron a mostrarse más preocupados por las ganancias a corto plazo. Esto, junto con los avances en las tecnologías de la información, que abarataron los costos de invertir en máquinas en relación con la mano de obra, redefinió el trabajo. Richard Sennett (2000) entrevistó a trabajadores de clase media de los sectores más dinámicos del capitalismo: las industrias de alta tecnología, los servicios financieros y los medios de comunicación. Muchos de ellos consideraban que sus vidas laborales se encontraban en riesgo permanente. El nuevo capital es impaciente. Los inversores buscan la flexibilidad de las empresas en su secuencia de producción para poder alterar los esquemas a voluntad y tercerizar todo lo que sea posible. En este contexto, los empleos se limitan cada vez más a contratos de hasta seis meses, frecuentemente renovados.
Las consecuencia de estas nuevas modalidades del trabajo ya se hacen sentir. El trabajo temporario es el sector de más rápido crecimiento en Gran Bretaña y EEUU, donde ya representa 25% de la mano de obra empleada. La desigualdad dentro de las empresas aumenta. La jornada laboral se prolonga y la presión se torna más depresiva que estimulante. En sus investigaciones de campo, Sennett constató que, bajo este nuevo tipo de modalidades laborales, se agudiza la propensión al alcoholismo, el divorcio y los problemas de salud. Se trata del nivel más bajo de los empleos flexibilizados, donde imperan los llamados «Mc-empleos», como cocinar hamburguesas, atender call centers y repartir productos en moto. Esas ocupaciones pueden parecer un medio positivo que facilita el acceso al mercado laboral de los jóvenes sin capacitación, pero rápidamente se transforman en un callejón sin salida. En verdad, muchos de estos empleos del área de servicios dejaron de ser atractivos para los jóvenes y son aceptados solo por la falta absoluta de alternativas. En los países desarrollados, esos trabajos suelen quedar a cargo de inmigrantes.
Los tiempos de trabajo y la remuneración han cambiado. La postergación de la gratificación inmediata para priorizar objetivos personales de largo plazo formaba parte de la ética protestante del capitalismo de Max Weber. Pero el nuevo paradigma se burla de la gratificación postergada. La erosión de la ética protestante no es resultado, contra lo que piensa Samuel Huntington (2004), de la contaminación por parte de las razas latinoamericanas «inferiores». Es consecuencia de la propia lógica de un sistema que destruye lealtades: al flexibilizarse el empleo y acortarse los tiempos de permanencia en el trabajo, difícilmente se mantendrá la lealtad del trabajador hacia la empresa. En el periodo anterior era posible pensar en términos de ganancias estratégicas de largo plazo limitando los objetivos inmediatos a pequeñas realizaciones. Hoy, las personas de clase media y alta se pueden dar el lujo de correr esos riesgos y vivir esas tensiones a la espera de una buena oportunidad. Pero los jóvenes de clase baja no. Y son ellos justamente quienes más dependen de las relaciones estables, ya que en general se encuentran inmersos en redes de protección frágil, con pocos contactos y conexiones importantes. Ellos, junto con los «viejos» que luchan por permanecer en el mercado, son quienes más sufren la nueva situación del trabajo.
Una de las paradojas actuales es que muchos de los que hoy sufren el desempleo o el subempleo recibieron una sólida educación. Sin embargo, en gran cantidad de casos las oportunidades de trabajo migraron a otros lugares, frecuentemente ubicados en el mundo en desarrollo, donde se aceptan empleos a precios viles. En el área de servicios, la automatización transformó en realidad la mejor ficción científica. En Brasil, por ejemplo, el modernísimo y altamente rentable sector bancario se expandió considerablemente en los últimos 20 años y, pese a ello, redujo a la mitad sus puestos de trabajo. En la industria pesada de EEUU, entre 1982 y 2002, la producción de acero aumentó de 75 a 102 millones de toneladas, pero el número de obreros metalúrgicos cayó, en el mismo periodo, de 290.000 a 74.000. Aunque algunos de estos empleos migraron hacia otros países, la mayoría fue sustituida por máquinas sofisticadas. Incluso la muy reciente frontera de empleos, aunque de mala calidad, de los servicios de telemarketing se encuentra amenazada por los dispositivos inteligentes de activación de voz, mientras que los lectores de códigos de barra acaban con muchas funciones en comercios y supermercados. Y en general las nuevas oportunidades que se abren no alcanzan a cubrir las crecientes pérdidas. Sennett entrevistó en los 90 a jóvenes y talentosos profesionales de la publicidad en Europa. Ellos tenían la sensación de que se estaban haciendo viejos profesionalmente a los 30 años de edad y de que quedarían fuera de juego a los 40. En el actual modelo tecnológico, los especialistas en computación y los médicos precisan reaprender sus técnicas al menos tres veces durante su vida profesional. La extinción de capacidades es una característica permanente del avance tecnológico, pues la automatización no valora la experiencia y las fuerzas del mercado hacen que sea más barato comprar nuevas capacidades que pagar por un reentrenamiento. Esta es, en definitiva, una de las contradicciones más evidentes del «progreso» en el mundo globalizado: los avances en medicina nos permiten vivir más y trabajar más tiempo, pero la extinción de las capacidades se acelera y nadie quiere saber más nada con los «viejos». El Estado, en este nuevo contexto, apenas consigue influir en la generación de empleos formales: aunque aprendió a atender razonablemente los desempleos absolutos, no sabe cómo lidiar con el subempleo.
Como consecuencia de todo esto, el resentimiento de los trabajadores se ha agudizado: se sienten desprotegidos frente a Estados frágiles e ineptos, mientras que las empresas, cada vez más pragmáticas, minimizan de todas las formas posibles la importancia del trabajo y los sindicatos se transforman en burocracias inútiles frente a la dura realidad del empleo informal y flexible. Para algunos cientistas sociales, ese resentimiento explica el hecho de que tantos trabajadores que en el pasado se inclinaban hacia la centroizquierda hoy se acerquen a la extrema derecha. Frente a ese panorama perverso, el lúcido Sennett observaba, en los primeros años de este siglo, apenas tres débiles iniciativas innovadoras. La primera consiste en que los sindicatos funcionen como una suerte de agencia de empleos capaces de «comprar» cuotas de planes de jubilación complementarias y asistencia para repartir entre sus miembros, lo cual generaría un mínimo sentido de la solidaridad. La segunda es que las personas tuviesen siempre, en la medida de lo posible, más de un trabajo parcial, de modo de estar mejor preparadas frente a la inevitable pérdida de alguno de ellos. Finalmente, Sennett preveía un Estado que implementara programas de renta mínima, como Bolsa Familia, para aminorar el sufrimiento más agudo.
América Latina es un buen ejemplo de la lucidez de esas visiones. De hecho, varias de esas iniciativas ya se están concretando. En los últimos años, los programas asistenciales se extendieron gracias al aumento de la recaudación a causa del boom exportador de los productos primarios. Ello abrió una tregua social transitoria que fue aprovechada por las nuevas elites dirigentes de origen popular de la región. Pero si las ilusiones de profundas modificaciones estructurales en las economías de esos países se extinguiesen, ¿qué podría ocurrir, especialmente si una eventual recesión, aun moderada, apareciese en el escenario internacional?
Bibliografía
Banco Mundial: World Development Report 2004: Making Services Work For Poor People, http://econ.worldbank.org/wdr/wdr2004/text-18786/, fecha de consulta: 17/5/2004.Dupas, Gilberto: Atores e Poderes na Nova Ordem Global, Unesp, San Pablo, 2005.Dupas, Gilberto: O Mito do Progresso, Unesp, San Pablo, 2006.Friedman, Milton: «A Moeda, a Economia e as Idéias de Friedman», entrevista en Valor Econômico, 22/7/2005, San Pablo. Gorz, André: O Imaterial: Conhecimento, Valor e Capital, Annablume, San Pablo, 2005.Huntington, Samuel: Who are We? Cultural Core of American National Identity, Simon & Schuster, Nueva York, 2004. [Hay edición en español: Quiénes somos. Los desafíos a la identidad nacional estadounidense, Paidós, Buenos Aires, 2004.]Pieterse, Jan Nederveen: Globalization or Empire?, Routledge, Nueva York, 2004.Schumpeter, Joseph: Teoria do Desenvolvimento Econômico, Abril Cultural, San Pablo, 1982. [Hay edición en español: Teoría del desenvolvimiento económico. Una investigación sobre las ganancias, capital, crédito, interés y ciclo económico, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1997.]Sennett, Richard: A Corrosão do Caráter: Conseqüências Pessoais do Trabalho no Novo Capitalismo, Record, Río de Janeiro, 2000. [Hay edición en español: La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, Anagrama, Barcelona, 2000.]
martes, 24 de octubre de 2017
sábado, 30 de septiembre de 2017
lunes, 24 de abril de 2017
Guía de lectura del texto “El Estado moderno: apuntes para el estudio de sus características”
Primera Parte
- ¿Qué aspectos del Estado Moderno se
van gestando en Europa, entre los siglos XVI y XVIII, durante las
monarquías absolutas?
- ¿Por qué el texto plantea que existe
una unidad entre los procesos de consolidación del Estado Moderno y el
desarrollo del sistema capitalista?
- ¿Qué entiende por la frase: “el
Estado debe ser entendido como una relación social” y qué relación puede
establecer entre este concepto y el conflicto de clases de la sociedad
capitalista?
- Analice en qué consisten las
dimensiones ideal, material y de correlación de fuerzas que constituyen el
Estado Moderno.
- ¿En qué consiste el concepto de
hegemonía y por qué es clave para la construcción de un sistema de
dominación?
- Explique el concepto de crisis
orgánica y cuáles son sus características distintivas.
- ¿Cuáles son las miradas sobre el
Estado que el texto crítica y por qué las cuestiona?
- Tras la lectura del artículo explique
las características y funciones centrales del Estado Moderno. Fundamente
su respuesta.
Segunda Parte
Los Estados latinoamericanos
1.
¿Cuáles fueron los mecanismos y
los impactos de la dominación colonial
española y portuguesa en América Latina?
2.
A) ¿En qué consisten las categorías de colonialidad del
poder y eurocentrismo desarrolladas por el texto?
B) ¿Qué sucedió con la colonialidad del poder, tras las
revoluciones independentistas de principios del siglo XIX y por qué?
3.
A) ¿En qué consiste la división internacional del trabajo y
por qué el texto plantea que, a mediados del siglo XIX, se construye una
economía mundial complementaria pero desigual?
B) Explique las categorías de intercambio desigual y
dependencia.
4. ¿Qué
características tienen los Estados Nacionales latinoamericanos a fines del siglo XIX?
El Estado en
Argentina
1.
¿Cuáles son las causas que
impidieron la consolidación del Estado, tras la revolución de Mayo de 1810?
2.
¿Qué cambios mundiales influyen en
el país para lograr la consolidación del Estado nacional?
3.
Explique en que consisten las
modalidades represiva, cooptativa, material e ideológica que se utilizaron para
la consolidación del Estado en Argentina.
4.
¿Qué clase social impulsa la
consolidación del Estado y por qué?
5.
¿Qué entiende por la frase: “ un proceso
constitutivo, simultáneo e interdependiente entre la clase dominante y el
Estado”. Ejemplifique.
6.
El texto plantea la existencia de un proyecto
oligárquico hegemónico durante el modelo agroexportador (1880-1930). Explique
en qué consiste, a qué desafíos se enfrenta a principios del siglo XX, qué
actores sociales y corrientes políticas impulsan esos desafíos y qué respuestas
se darán desde el Estado.
7.
¿Cómo repercute la crisis mundial
de 1929-30 en Argentina y qué debilidades del modelo pone en evidencia?
8.
¿Qué aspectos resaltan las
visiones de las ciencias sociales más favorables al modelo agroexportador?
9.
¿Cuáles son los señalamientos
críticos del autor sobre el modelo agroexportador y el tipo de Estado que se
consolidó en la Argentina en esa etapa?
10.
A partir de la lectura del texto
desarrolle su opinión sobre las ventajas y desventajas del modelo
agroexportador. Fundamente su respuesta.
Guía de lectura
El Capitalismo -
Sara Lifszyc
1.- ¿En que planos se
ha desarrollado el debate sobre el capitalismo y como influyó ello en la
valoración de los descubrimientos científicos?
2.- ¿Cuáles han sido
las distintas interpretaciones, algunas parciales, acerca del capitalismo?
3.- ¿Por qué para Marx
el capitalismo es un fenómeno integral?
4.- ¿En qué elementos
se basa el capitalismo como organización social y cuales son sus categorías
básicas?
5.- ¿Cuál es el
concepto de sociedad que desarrolla Marx y por qué el modo de producción define
el tipo de sociedad?
6.- ¿Qué rasgos
caracterizan el proceso histórico que permitió la aparición del trabajador
libre?
7.- ¿En ese proceso
histórico como se relacionan las innovaciones técnicas con la producción y el
comercio?
8.- ¿Por qué dice Marx
que “ni el dinero ni la mercancía son de
por sí capital”…”necesitan convertirse en capital”.
9.- ¿Cuándo un
producto puede ser considerado mercancía? ¿Cuáles son los requisitos para ello?
10.- ¿Cómo se desarrolla
la acumulación (o reproducción ampliada) del capital según Marx?
11.- ¿Cuál es el valor
de la fuerza de trabajo y de donde surge el plusvalor?
12.- ¿De que depende o
en que se centra la continuidad del capitalismo?
13.- ¿Cuáles son y
como actúan los elementos indispensables para el mantenimiento del capitalismo?
14.- ¿Cuáles son los
cambios más importantes que se vienen produciendo en la sociedad capitalista?
15.- Dichos cambios,
¿alteran las formas de apropiación y acumulación del capital?
jueves, 18 de agosto de 2016
Furores plebeyos, temores elitistas
Se quiere presentar muchas veces la declaración de la Independencia como fruto de unión y consenso. Para Fradkin, por el contrario, la independencia proclamada por una revolución amenazada fue producto de conflictos políticos y sociales.
Por Raúl O. Fradkin *
Convendría estar prevenidos: la ritualidad conmemorativa y los anodinos discursos de ocasión buscan domesticar la memoria colectiva. Algunos quieren hacernos creer que la declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica –no olvidemos que eso fue lo proclamado en 1816– habría sido fruto de la unión y el consenso y no el producto de intensos conflictos políticos y sociales.
Hacia 1816 la revolución rioplatense afrontaba múltiples dilemas y amenazas. El Congreso reunido en Tucumán tenía que resolver cómo continuar la guerra y asegurar la independencia que había proclamado, mientras enfrentaba a los Pueblos Libres que, liderados por José Gervasio Artigas, ofrecía una dirección alternativa a la revolución. Pero también tenía que resolver un acuciante problema: ¿qué hacer con la generalizada crisis de autoridad y la activación política de amplios sectores sociales?
Conviene, entonces, prestarle atención a los temores que se suscitaban en las elites y leer desde esa clave el manifiesto que el Congreso emitió el 1º de agosto: “el estado revolucionario no puede ser el estado permanente de la sociedad” proclamaba y se atrevía a anunciar una nueva era: “Fin a la revolución, principio al orden”. Constituirse en la única autoridad suprema era su prioridad; por eso, la independencia debía poner fin a la revolución.
Entre integrantes de los grupos elitistas que emigraron a Río de Janeiro tras haber sido desplazados del poder en Buenos Aires o Montevideo había preocupaciones análogas. Sin embargo intentaban resolverlas mediante otra opción política: llegar a un acuerdo con el rey repuesto en el trono y propiciar que la Corona portuguesa emprendiera una invasión “pacificadora” del Río de la Plata. Los motivos los expresó con claridad Nicolás de Herrera en un extenso memorial: la revolución había dividido “a los blancos” y ambos bandos cometieron el error de acostumbrar “al Indio, al Negro, al Mulato a maltratar a sus Amos y Patronos” para enfrentar a sus oponentes; pero habían escapado a su control y “el odio del populacho y la canalla” se desplegaba contra todos los “superiores”. Había algo más: los criollos cometieron la “imprudencia” de difundir “las doctrinas pestilentes de los Filósofos” y sus “quimeras” y el resultado no podía ser más peligroso: “El dogma de la igualdad agita a la multitud contra todo gobierno, y ha establecido una guerra entre el Pobre y el Rico, el amo, y el Señor, el que manda y el que obedece.”
Estos temores iluminan lo que estaba en juego: los sectores populares movilizados por la revolución no eran simplemente espectadores de lo que estaba sucediendo y tampoco eran fácilmente manipulables o mera carne de cañón para la guerra como tantas veces se ha dicho. Por el contrario, se apropiaron del discurso revolucionario, le dieron otros sentidos y lo esgrimieron para legitimar sus reclamos y aspiraciones. Ese era el mayor dilema de la dirigencia revolucionaria: sin ellos no podían ganar la guerra pero temían que esa movilización amenazara el orden social.
La crisis de la independencia resulta, entonces, un momento particularmente rico si se entiende sólo a las ideas y proyectos de los líderes. La historiografía reciente se ha ocupado de indagar las que podían anidar en las clases populares y las evidencias revelan un universo extremadamente variopinto. Por lo pronto, que el inicial antagonismo entre “españoles europeos” y “españoles americanos” se transformó rápidamente en una confrontación que incluyó entre los “americanos” a los “naturales”, a las plebes y a las castas y gestó una nueva identidad colectiva de neto contenido político.
Los efectos fueron múltiples pero conviene subrayar uno: la “insolencia”, “altanería”, “insubordinación” y “desobediencia” de los sujetos populares, para decirlo con el lenguaje de las elites. Esas actitudes expresaban la intensa politización de la vida popular, el resquebrajamiento de la deferencia y cómo la “igualdad” –un componente central del discurso revolucionario– se convirtió en herramienta de impugnación de las jerarquías heredadas.
Artigas, otro protagonista.
Las evidencias son diversas, fragmentarias y dispersas: se encuentran en los insultos, en la frecuente desobediencia de las tropas, en los gritos de los tumultos o en el hostigamiento callejero. “Ahora gobernamos los negros a los blancos” podían decirles los guardias a un oficial español prisionero expresando más un deseo que una realidad; pero esas actitudes son las que hacían creíbles algunos rumores que circulaban entre “negros” y “mulatos”: había llegado el momento de “matar a todos los españoles” y que no eran muy distintos de los sentimientos que incentivaban los pasquines que aparecían.
Pero, en cada lugar, las disputas políticas adquirieron perfiles y contenidos diferentes de acuerdo a las tensiones sociales y raciales que en cada una imperaban y que la crisis revolucionaria había politizado. Claramente, lo expresaban, por ejemplo, las denuncias de las autoridades de Corrientes: los indios y campesinos sublevados ya no distinguían entre “europeos” y “patricios” y como estaba sucediendo en todo el litoral sus acciones amenazaban a los grupos propietarios y en ocasiones “a todos los blancos”.
De esas tensiones y sentimientos dio cuenta el Reglamento para el fomento de la ganadería y redistribución de las tierras que emitió Artigas en 1815: las tierras a distribuir serían las que pertenecían a “los malos europeos y peores americanos”; los beneficiados deberían ser “los más infelices”, es decir, “los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres.”
Lo que estaba sucediendo en el litoral rioplatense sería incomprensible sin considerar el protagonismo indígena y, en particular, la alianza de los pueblos misioneros con Artigas. Por eso, en el área misionera el antagonismo entre “americanos” y “europeos” y entre federales y centralistas se transformó en una confrontación social e inter-étnica creando las condiciones para que se produjera una revolución muy diferente que amenazaba con “pasar a Cuchillo a todo Blanco”. Esa insurrección no solo expandió la influencia de Artigas por todo el litoral sino que significó una revolución en el gobierno de los pueblos y dio lugar al intento de reconstruir la antigua provincia jesuita, pero sin jesuitas ni dependencia de España, Portugal, Asunción o Buenos Aires y bajo la conducción indígena.
Hubo, entonces, otras revoluciones posibles, deseadas o imaginadas, muy distintas y más radicales de aquella que el Congreso quería dar por finalizada. Fueron revoluciones derrotadas, en buena medida por las condiciones que impuso la invasión portuguesa y el apoyo que obtuvo entre sectores elitistas o el aprovechamiento que hicieron de ella. Contra esa invasión se libró otra guerra de independencia que la recortada memoria histórica argentina suele olvidar. Pero ni la derrota ni la frustración de esas aspiraciones populares justifica olvidarlas. Y a la hora de conmemorar el Bicentenario convendría retomar una enseñanza del maestro Alfredo Zitarrosa; “hay olvidos que queman y memorias que engrandecen”.
* Profesor Titular de Historia de América Colonia, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto Ravignani, UBA-Conicet
sábado, 14 de mayo de 2016
Bullrich: "El ingreso irrestricto es demagogia"
A horas de la movilización de docentes y estudiantes de universidades nacionales en demanda de mejoras en la paritaria y en el presupuesto educativo, el titular del Palacio Sarmiento apoyó la decisión de la Justicia de anular la vigencia de los dos artículos de la Ley de Educación Superior Nº 27.204, al advertir que la norma que garantiza el ingreso irrestricto a las casas de altos estudios es "una ley mitológica".
Esteban Bullrich sostuvo que "el ingreso irrestricto no se puede poner por ley" porque, advirtió, "lamentablemente no hay espacio para las prácticas que uno quiere hacer". Esa medida, añadió, se basa en "una propuesta demagógica" del anterior gobierno.
"El ingreso irrestricto va a ser cuando todos los argentinos que quieran ir a la universidad puedan ir y hoy la verdad hay muchos que, por la mala calidad del sistema educativo, no pueden ir a la universidad", sentenció en diálogo con radios Con Vos y Continental.
Ante esta postura, el secretario general de la Conadu, Federico Montero, afirmó que "el gobierno de (Mauricio) Macri tiene entre sus objetivos restringir que el ingreso a la universidad sea un derecho" y señaló que "si la educación es un derecho, el Estado tiene que prepararse para garantizar este derecho".
Universidades: tensiones y fantasmas
EL PAIS › OPINION
Por Alejandro Grimson *
Un fantasma recorre los claustros universitarios. Es el fantasma de López Murphy. Nadie desea que se repita un episodio de reducción presupuestaria que genere una crisis. Pero las noticias y tensiones disparan preguntas.
¿Qué está ocurriendo en las universidades? Después de varios años de fuerte expansión, han regresado tensiones y conflictos. Paros en colegios secundarios universitarios, movilizaciones por el boleto estudiantil, huelga de docentes, declaraciones del ministro y de rectores, reunión con el presidente. ¿De dónde venimos y para dónde vamos?
Las universidades públicas argentinas son parte de las instituciones con mayor reconocimiento social. Fuente de orgullo, también generan intensos debates. La Argentina no sólo tiene universidades de alto prestigio, sino que ha privilegiado el sistema público sobre el privado, tanto en cantidad de estudiantes como en términos de investigación científica.
En la llamada “época de oro”, en 1960, antes de la “noche de los bastones largos”, había nueve universidades nacionales. En 2010 sumaban 47. Hace muy pocos años que en las 23 provincias argentinas hay al menos una universidad pública. Casi la mitad fueron creadas en los últimos treinta años de democracia. En 1960 había 160 000 estudiantes universitarios en el país, lo cual representaba el 0,8% de la población. Esa cifra se fue incrementando durante las últimas tres décadas, así como la proporción sobre el total. En 2010 había más de 1.700.000 estudiantes, más de diez veces más que cincuenta años antes, y abarcaban el 4,3% de la población. En proporción, los estudiantes universitarios se multiplicaron por cinco en cincuenta años. Entre 2001 y 2011 se sumaron 395.000 estudiantes al sistema universitario, lo cual implica un crecimiento del 28%. En el mismo período los egresados aumentaron un 68%, pasando de 65.000 a 109.000 egresados anuales.
En términos comparativos, es indudable que tanto Brasil como México cuentan con sólidos sistemas universitarios en la región. Los salarios reales de los docentes son aproximadamente el doble que en Argentina. Ahora bien, mientras el 4,3% de la población argentina está conformado por estudiantes universitarios, en Brasil sólo alcanzan el 3,4%, y en México el 2,1%. Además, mientras en la Argentina el 3,4% de la población asiste a instituciones públicas, en México ese porcentaje desciende al 1,4%, y en Brasil al 0,9%.
Una cifra que se acerca a dos millones no refleja a una pequeña elite. Una gran parte de los estudiantes trabaja y estudia, y un elevado porcentaje, que alcanza el 70% en muchas universidades nuevas, no son hijos de universitarios. Son, por lo tanto, la primera generación universitaria de sus familias. La ampliación del acceso es un avance altamente significativo.
Desde 1983, la universidad pública argentina responde a la herencia de la Reforma de 1918, vinculada al ingreso irrestricto, el cogobierno y la autonomía, así como a la herencia de la gratuidad, instituida originalmente en 1949. Esos elementos se encuentran presentes en las universidades de varios países, pero en el nuestro aparecen conjugados, lo que constituye un caso bastante singular.
El Instituto Cifra-CTA calcula que entre diciembre de 2001 y diciembre de 2014 el salario promedio de los docentes universitarios se recompuso un 56%, con el detalle de que durante la crisis de 2002-2003 había llegado a descender un 30% respecto de 2001. Esto fue parte de un aumento del presupuesto universitario y de ciencia y tecnología, acompañado de importantes obras de infraestructura.
El triunfo de Mauricio Macri generó mucha preocupación entre los universitarios. El actual presidente había cuestionado la creación de nuevas universidades: “¿Qué es esto de hacer universidades por todos lados? Obviamente, muchos más cargos para nombrar…” Al comenzar la nueva gestión parecía que una persona ajena a la gestión de las universidades públicas asumiría en la Secretaría de Políticas Universitarias del Ministerio de Educación.
Esto provocó un gran revuelo, que no es muy difícil de entender. En primer lugar, las universidades siempre han sido lugares donde los diferentes radicalismos tuvieron cierto peso. De los doce años de gobiernos kirchneristas, durante seis años el secretario fue el expresidente de la Universidad Nacional de La Plata, Alberto Dibbern, quien siempre se autodefinió como “un radical no k”. A esto debe sumarse la gestión de Juan Carlos Pugliese que juntos totalizan nueve años de gestión radical de las universidades durante el kirchnerismo. En segundo lugar, varios presidentes del Consejo Interuniversitario Nacional de origen radical nunca plantearon un cuestionamiento de la política universitaria del gobierno. En tercer lugar, al nivel de las universidades y sus rectores no existió una grieta en la Argentina. Como en cualquier ámbito hubo tensiones, pero nunca hubo en estos últimos años una división absoluta, ni entre radicales y peronistas, ni entre grandes y chicas. En el CIN se respetaron acuerdos de alternancia y composición plural.
Por eso, los niveles de conducción universitaria sintieron un alivio cuando finalmente asumió la Secretaría el ex rector de la Universidad Nacional del Litoral, Albor Cantard. A nadie le preocupaba su filiación política. El clima indicaba que un rector que conoce el sistema puede tener preferencias o políticas opinables, pero nunca destruye instituciones. Ya el tema presupuestario general y de los salarios en particular pasa por otros andariveles, ya que más allá de cada funcionario, en las paritarias es obvio el peso de los funcionarios de economía.
Sin embargo, la preocupación regresó mucho más pronto de lo previsto. La alta inflación desde diciembre y el ajuste de las tarifas de los servicios provocaron dos problemas: aceleraron los reclamos gremiales y tornaron inviable el presupuesto previsto para gastos operativos.
A fines de abril un alto funcionario del Ministerio de Educación le explicó a algunos rectores algunos lineamientos de sus políticas. Entre muchas palabras, aludió al “crecimiento excesivo”, a la “calidad relajada”, a un “sistema pervertido”, a la “discrecionalidad en el manejo recursos”. Literalmente dijo que “se han creado carreras a troche y moche”. “Hubo fiesta. Hay que apagar la música, arremangarse y ponerse a trabajar”. Una expresión, para los más moderados, poco afortunada. Es que resulta imposible que alguien que conozca el día a día de las universidades públicas pueda ser tan desatinado. Los menos moderados tuvieron expresiones que dejamos a la imaginación del lector.
Propuso trabajar en articular universidades públicas y privadas, mientras criticaba a las universidades públicas. Y ofreció ejemplos de que no puede ser “que cada uno decida su carrera” cuando sobran en una profesión y faltan en la otra.
Innumerables fuentes confirman que los radicales a cargo de la Secretaría de Políticas Universitarias no tienen claro el futuro inmediato. Hay un gobierno del PRO, que les cedió a ellos ese cargo. Ese funcionario debería disponer de mil quinientos millones de pesos para llevar a cabo sus políticas. Hasta ahora no tiene fondos.
Por otra parte, las paritarias con los docentes y no docentes son una incógnita. Todo apunta a una pérdida relevante del poder adquisitivo, pero hasta ahora las propuestas oficiales a los docentes resultan imposibles de aceptar por parte de los sindicatos.
Por supuesto, en la Ciudad de Buenos Aires una huelga en el Colegio Nacional de Buenos Aires tiene una gran repercusión. Menos conocido es que en estos años se crearon colegios secundarios universitarios en zonas de niveles socioeconómicos bajos, cerca de barrios populares o villas. En 2016 las escuelas secundarias de las Universidades General Sarmiento, Avellaneda, Quilmas y San Martín no han recibido fondos para pagar sueldos ni gastos.
Además de los salarios, las universidades tienen gastos operativos. Según varios rectores hay dilaciones con los gastos operativos previstos en la ley de presupuesto para varias universidades del conurbano. Habrá debate sobre si se trata de un incumplimiento de la ley de presupuesto y si no se trata de una medida discrecional. Algo similar sucede con el presupuesto de nuevas carreras, creadas a través de “contratos-programa”.
Por otra parte, en el contexto inflacionario se potenció el reclamo estudiantil por el transporte que ya produjo una movilización masiva en la ciudad de La Plata.
El gobierno parece ajustar con el fantasma de López Murphy. Este ministro de economía de De la Rúa anunció una reducción del presupuesto universitario y provocó una movilización gigantesca que terminó con su propia renuncia en marzo de 2001. Pero López Murphy no disponía del actual “ajuste por inflación”. Ahora viene el ensayo y error de ir probando en qué cifras puede generarse fragmentación de la comunidad universitaria, tanto en el plano sindical como en la presión de los rectores. Eso depende de una relación de fuerzas. Por supuesto, siempre lo más imprevisible para el gobierno es la reacción del movimiento estudiantil. La población universitaria actual en la Argentina hace que haya estudiantes en toda la trama social.
Mientras tanto, el mapa de las universidades es complejo. Mientras algunas comienzan a recibir las transferencias al día, otras están realmente cerca de situaciones de emergencia. Algunas están por suspender la comida en los colegios secundarios o han buscado créditos para solventar gastos básicos. Otras quizás sobrelleven mejor esta coyuntura, salvo la incertidumbre de las paritarias. Y el interés general, la preocupación genuina por lo que sucede en el conjunto del sistema, el compromiso por resolverlo colectivamente, es básicamente algo que quizás se construya en un futuro lejano.
El discurso neoliberal ha achacado acerca de la ineficiencia de las universidades públicas. Si sólo gradúan al 20 o 30% de los ingresantes, ¿por qué no nos ahorramos el dinero y reducimos drásticamente el presupuesto? Primero, ese millón y medio de pibes que están en el sistema público, se reciban o no, pasan por una experiencia universitaria que mejora sus conocimientos y mejora nuestra sociedad. Segundo, ellos y todos tienen derecho a acceder al conocimiento. Tercero, si se hiciera una selección anterior, probablemente muchos pibes de sectores más humildes que finalmente acceden al título quedarían por el camino. Cuarto, el problema de la graduación no se resuelve regresando al examen de ingreso de la dictadura militar, sino realizando inversiones apropiadas para incrementar el porcentaje y la cantidad de graduados.
En otro orden de cosas, ¿quién dijo que lo que hacen las universidades en graduar y graduar? Sólo un gran desconocimiento del sistema universitario puede provocar esa suposición. Las universidades hoy son el principal lugar donde trabajan los investigadores de ciencia y tecnología del país, es decir, son las mayores productoras de conocimiento, en articulación con el Conicet. Por ello mismo, realizan transferencia de tecnología, patentes y trabajan junto a empresas en procesos de desarrollo. Están insertas en la trama social local: realizan actividades culturales y extensión trabajando con comunidades en todo el país. Son un nodo crucial de la internacionalización y de la inserción global de la Argentina: las decenas de universidades públicas tienen acuerdos académicos y científicos con los países más importantes del mundo. Son además parte del desarrollo de las industrias culturales de carácter público. La relevancia de las editoriales universitarias, sus publicaciones científicas y culturales es enorme en el país.
Está comenzando a regresar, aún de modo solapado, un eficientismo neoliberal. Puramente ideológico, desconoce las realidades de la universidad pública actual. Hasta qué punto las palabras que revelamos aquí se harán públicas y regirán las políticas oficiales, es aún una incógnita. La profunda ignorancia sobre las universidades puede terminar desatando irrefrenables fantasmas del pasado.
* Antropólogo social.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





